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martes, 10 de septiembre de 2019

La inspiración de las Escrituras: ortodoxia y heterodoxia



Por J.A Torres Q.


Rembrandt  “San Mateo y el ángel”

Bosquejo del artículo  

I.       Introducción
II.       Definiciones de inspiración
A.     Desde la patrística
B.    Desde la heterodoxia
C.    Desde la ortodoxia  
1.     Autoridad
2.     Claridad
3.     Veracidad
4.     Relevancia
5.     Historicidad
6.     Vitalidad
III.       Resumen general de la inspiración
IV.       Preguntas sobre la inspiración  
A.   ¿Existe un consenso en cuanto a la inspiración de parte de la ortodoxia?
B.   ¿Tiene la inspiración un alcance fuera de los  idiomas originales?
C.   ¿Es la inspiración una especie de iluminación?
V.       Conclusión
VI.       Bibliografía   


           I.          Introducción

La inspiración de las Escrituras ha estado sujeta a un sinfín de interpretaciones, ideas y definiciones al respecto.  Aunque en general podemos señalar que  la historia ha dejado ver   dos grandes bandos en ello. A saber: La ortodoxia[1]  versus la heterodoxia[2] en sus diferentes envases. Así por ejemplo, la iglesia luchó desde el comienzo con el legalismo y el gnosticismo. Después vinieron los ataques “cristológicos” en sus diferentes versiones que negaban tanto la deidad como la humanidad de Cristo (docetismo, monarquismo, ebionismo, arrianismo) de manera que, tal ataque no solo se circunscribió a Cristo, esto es, trastocó a toda la Trinidad (adopcionismo, patripasionismo). Paralelamente a estos primeros ataques a la doctrina escrituraria, también hubo herejías  antropológicas como la promulgada por Pelagio. Sin embargo, y de manera   sigilosa los cuestionamientos a la Escrituras no vinieron de un día para otro, por el contrario, fue construyéndose mediante  un proceso primigenio  y un desarrollo posterior exhibido en toda su expresión desde el siglo XVIII en adelante, acrecentado por el racionalismo de la época que dio forma al criticismo bíblico y su embrión filosófico concreto, la “Crítica Alta” la cual produjo ideas antagónicas a la autoridad de las Escrituras como fue  la Teoría Documentaria o la hipótesis Graf-Wellhausen. Así, y desde este flanco de ataque a la inspiración de las Escrituras, el ataque tomó ribetes directos, pero también, troyanos; esto último, en especial, por medio de la redefinición de la inspiración y la autoridad real de las Escrituras, lo cual devino principalmente por medio de teólogos liberales (Hegel, Bultmann, Barth, Brunner, Tillich).  No obstante, y a pesar de esta ola de heterodoxia que floreció con fuerza el siglo pasado, y que aun tiene caudillos y conversos en el día de hoy,  la ortodoxia ha venido una y otra vez  respondiendo a los ataques sigilosos de este conglomerado liberal. Por ejemplo, y esto es importante tener en mente,  en el año 1910 nació en EE.UU una respuesta consensual de muchos creyentes conservadores que vieron en estas propuestas liberales una amenaza directa a las doctrinas fundamentales de la fe novotestamentaria y por supuesto, a la inspiración y autoridad de las Escrituras, en especial, en la serie de libros títulos “The Fundametals; así, la defensa de la inspiración de las Escrituras como de las doctrinas justamente fundamentales  de la fe, fueron expuestas en esta obra como un reclamo directo  a la neo ortodoxia del liberalismo teológico aludido. Sin duda uno de los tópicos principales defendidos a través de la iniciativa de los “The Fundametals”, fue la autoridad, suficiencia e inspiración de las Escrituras, defensa recapitulada en la “Declaración de Chicago de 1978”, y también, en la “Declaración de Cambridge de 1996”.

II.         Definiciones de inspiración

En términos generales podemos constatar  tres enfoques históricos generales, a saber: las definiciones que surgieron de la patrística; las definiciones que han surgido de la heterodoxia, y finalmente, las definiciones que la ortodoxia ha aportado. Esta última entonces, deriva su idea esencialmente de dos versículos del NT, con un alcance veterotestamentario explícito, “…toda la Escritura” (2 Ped. 1:19-21; 2 Tim. 3:16-17).    

   A.   Desde la patrística   
  
Las definiciones que surgen de la patrística no son consensuales. Aunque por cierto y como ha señalado Maurice Wiles, la erudición moderna todavía no nos ha provisto de un tratamiento completo de los textos pertinentes en este asunto (Wiles en Garrett 1990I:128). A pesar de esto, la historia  revela que muchos clérigos antiguos tenían nociones  constatables de la inspiración escritural. Atenágoras (133-190 d.C.) asociaba la inspiración con un estado de éxtasis, literalmente comparaba la inspiración escritural a la “inspiración” que manifestaba  un flautista tocando su flauta (Apo., 7,9). Teófilo de Antioquía hablaba de los hombres inspirados como herramientas divinas. Orígenes enfatizó —a diferencia de Atenágoras— la parte humana en la inspiración. Sin embargo, una referencia importante que podemos señalar aquí, es la que hiciera     Filón de Alejandría (20 a.C.- 42 d.C.) pues este  propuso una doctrina muy elaborada de la inspiración de las Escrituras judías. Se trata de una verdadera teoría que construyó ayudándose de las representaciones y de los conceptos que habían propuesto antes de él, algunos de los más grandes filósofos griegos. La siguiente cita revela en parte,   su enseñanza:


«Están los que descifran los prodigios, los augures, los harúspices y todos los demás expertos en adivinación, cuyas actividades consisten francamente hablando en una ciencia de maleficios sabiamente apañada y que no es más que una imitación adulterada de la posesión y de la profecía divina. Porque el profeta no publica absolutamente nada de su cosecha, sino que es intérprete de otro personaje, que le inspira todas las palabras que pronuncia, en el mismo momento en que la inspiración lo capta y él pierde la conciencia de sí mismo, ante el hecho de que su razón emigra y abandona la ciudadela de su alma, mientras que el Espíritu divino la visita y pone en ella su residencia, haciendo resonar y mover desde dentro toda la instrumentación vocal para manifestar claramente lo que predice» (Filón, “Las leyes especificas”, IV, 48-49 en Paul 1985:8s).


De acuerdo a Balbino Martín —editor de la obra aludida— San Jerónimo escribe   “Haec tibi non tantum donante, verum etiam dictante Spiritu Sancto...”→ “bajo la inspiración y dictado del Espíritu Santo”.  Por dictado, como claramente se observa en esta frase, pero también, Jerónimo creía que Dios inspiraba no sólo a los “buenos”, sino también a los malos, como Anás y a Pilaros  (Hipona 1957XV:18).  Aun él mismo Jerónimo entiende que  de alguna forma fue también inspirado cuando escribió sus tratados, recociendo que el Espíritu Santo había sido  su Inspirador y también, el Autor; inspiración que como hemos subrayado, devino por medio de la idea del dictado  (Arnaldich 2016:1).

Agustín de Hipona también incursionó en la presentación de algunas teorías de la inspiración. Como señala Alfonso Ropero, en Agustín se cumple al pie de la letra el dicho “según es el hombre, así es su teología”,  pues  estaba persuadido de la inspiración divina de las Escrituras, y aun más, no sólo fue una convicción personal en él, sino que también la defendió frente a los objetores de ella (Ropero 2001:27). Un ejemplo general de Hipona acerca de sus conceptos al respecto, es la siguiente idea de su mano: «…dice el profeta por inspiración divina y muy rectamente: “Crea en mí, ¡oh Dios!, un corazón puro y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud.»  (Hipona 1947II:514). Pero esto no es todo, en la siguiente cita de este padre post-apostólico posterior, podemos constatar una explicación más detallada de Hipona al respecto, en la que claramente se observan algunas ideas más concretas.

«Los latinos han interpretado de varias maneras el término griego πνονήν [pnonén] lo traducen indiferentemente por aliento, soplo de vida e inspiración. En los códices griegos se halla este término en el testimonio profético del cual tratamos: El que da aliento a los pueblos que la habitan, es decir, πνονήν [pnonén]. Se encuentra también en el pasaje que hace referencia a la animación: Y le inspiró Dios en el rostro aliento de vida. En el mismo sentido se lee en el salmo: Todo cuanto respira alabe al Señor. Y, finalmente, también en el libro de Job está escrito: La inspiración del Omnipotente es la que instruye. No usó el vocablo flatus —aliento—, sino aspiratio —inspiración, siendo así que en griego se dice πνονή   [pnoné], del mismo modo que en las palabras del profeta...» (Hipona 1947II:629).

Esta idea de Hipona también vino a responder a la doctrina del maniqueísmo acerca de la inspiración, la cual Hipona acusó de  tener una  fórmula imprecisa y vaga (Hipona 1957XV:8). Ahora bien, y de acuerdo a una de sus declaraciones[3], para  Hipona en el concepto de inspiración intervenían dos factores o autores, el divino y el humano. Esto es,  Dios, ya sea el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo, quien habla por medio de los hagiógrafos, y a veces, por medio de los ángeles; de manera que la Biblia es un libro de Dios,  así como una carta divina que nuestro Padre celestial nos envía desde la Patria celestial. Sin embargo, el hombre no queda atrás en su teoría. Para este padre post-apostólico entonces, el Espíritu de Dios habla, pero por medio de los hombres. Por ejemplo, Cristo —creía Hipona— habló en las Escrituras primero por medio de los profetas, luego por medio de sí mismo y, finalmente, por medio de los apóstoles; por estas razones Hipona creía que la palabra escrita tenía toda la autoridad que merece nuestra fe (1957XV:12). Una de las declaraciones[4] más notables de Hipona en este sentido sin duda fue la siguiente:


“El dedo de Dios, son estos mismo ministros de Dios llenos del Espíritu Santo, que a causa de él, la cual ha actuado en ellos correctamente, ya que por ellos toda la Escritura santa se ha completado; Estas son las obras de los dedos de Dios; Por el Espíritu Santo, que vino sobre los Santos que fueron cubiertos por Él” (Hipona 1957XV:19). 

Ahora bien, estas referencias son solo eso, referencias del pensamiento de Agustín, de manera que no tenemos aquí un cuerpo completo[5] de su pensamiento al respecto, no obstante, basta decir que Agustín de Hipona fue uno de los padres de la iglesia que asentó un concepto, diríamos pre-ortodoxo de lo que sería después el desarrollo del mismo.


B.   Desde la heterodoxia   
  
Hemos observado a vuelo de pájaro el pensamiento de un par de padres post-apostólicos, no obstante, y aun desde aquellos días  la heterodoxia no quedó silente, pues, a la par del trabajo de los píos herederos de la fe al respecto, muchos otros propusieron  ideas  concretamente cuestionables acerca de lo que Dios supuestamente había hecho en este proceso revelacional. Como debemos constantemente debemos recordar, el segundo mandamiento claramente señala: “No fabricarás para ti escultura,  ni forma escultural que esté en los cielos… en la tierra… y debajo de la tierra.” (Éxo. 20:4). Si observa con atención la segunda[6] cláusula en el texto hebreo, esta  señala y añade literalmente lo siguiente  וְכָל־תְּמוּנָ֡֔ה (vejal temunáh) esto es, …Ni forma [escultural, figura]” El término “temunáh” es similar a “pesel” (imagen), la idea que quiere expresar esta breve cláusula está descrita muy bien en Deut. 4:15: “Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego”. (Job. 4:16 “fantasma”). No siempre relacionamos la idolatría a las “imágenes verbales heterodoxas”[7] de Dios, aun más, a las imágenes doctrinales de la fe.  Un ejemplo contemporáneo que nos puede ayudar a entender el cómo una idea conceptual ajena al texto escritural  se adopta y populariza, es la siguiente.


William Holman Hunt  “La luz del mundo” 1853

       Conocido en este sentido es el famoso cuadro de “La luz del Mundo” de Holman Hunt (1827-1910). John Stott  en su libro “Cristiano Básico”, exhibe precisamente este cuadro para ilustrar una idea incorrecta de Apocalipsis 3:20. Escribió:

«“Si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos […]  Holman Hunt el conocido pintor de la escuela pre-rafaelista, ilustró esta escena en su cuadro “la luz del mundo”[…] En el cuadro de Hunt la puerta no tiene picaporte […] el pintor lo omitió deliberadamente para mostrar que la puerta podría abrirse solamente desde adentro [y] Jesús dice que está llamando a la puerta de nuestra vida, esperando que le abramos… [y] la puerta no se abre de par en par por casualidad. No está entre abierta, está cerrada. Además, Cristo no la abrirá por su propia cuenta […] Cristo llama. Nosotros debemos abrir.” (Stott 2007:195,197)

Sin duda nadie puede discutir que el romanticismo literario afectó la exégesis de Stott. Ahora, de esta misma manera el cuadro del pintor holandés Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669), “San Mateo y el ángel”  ilustraban mucho antes (XVIs), las ideas que se creían acerca de la inspiración, pero,  concebida como un tipo de dictado de Dios, ilustrado a través de lo que ella (femenino) hizo en el proceso.   
                                         
Podríamos pensar que un cuadro como este fue inocuo en sus días, sin embargo erramos profundamente si pensamos así pues a pesar que pintores como Rembrandt (1606-1669) no eran teólogos en sentido estricto del término, pero sí, gestores influyentes de ideas teológicas, por cierto, ideas teológicas heterodoxas, tal cual también notamos en otra de sus obras, “El regreso del hijo prodigo”, en donde se observa al padre tocando a su hijo con una mano masculina y otra femenina, idea teológica que aún en estos días ha sido reavivaba con la idea de que en YHVH encontramos a la feminidad de una madre a través de uno de sus nombres, el שַׁדַּי (shadday)[8]. No obstante, y en cuanto a la heterodoxia teórica relativa a inspiración, encontramos ejemplos preliminares en Montano, el hereje del siglo II, que, de acuerdo a Garrett: “…afirmaba que su profeta y sus dos profetizas se encontraban en estado inconsciente mientras profetizaban” (Garrett 2001:128).

Ahora bien,  el desarrollo moderno de la heterodoxia en cuanto a la inspiración comenzó a aparecer desde la escolástica en adelante, pasando por la época de la Reforma y principalmente bajo el marco de la neo-ortodoxia tuvo su mayor desarrollo. El resultado general de todo este influjo humanista devino entonces, en tres grandes grupos, la que surgió como macro-fruto filosófico del racionalismo y específicamente, del liberalismo teológico, bajo la neo-ortodoxia del siglo pasado; todos estos ingredientes coyunturales fueron abonando las reinterpretaciones del concepto ortodoxo de la inspiración de las Escrituras. En las siguientes líneas entonces, tres ideas comunes relacionadas a estas escuelas, a saber: la inspiración natural, la parcial y la mecánica. Todas, consecuencias del racionalismo.   


1   La inspiración natural: esta teoría es sí, una negación del concepto escritural pues señala que la inspiración de los autores bíblicos fue la misma que tuvieron grandes escritores seculares como Homero (la Odisea), Shakespeare o Milton (Theodore Parker 1810-1860; en algún grado también: Leonard Woods 1774-1854;  Salvatore de Bartolo)[9]

2   La inspiración parcial: esta teoría siguiere que si bien es cierto hay una inspiración  divina en el relato escritural es solo en grado menor, de manera que se habla de una inspiración parcial, siendo las ideas propias de las épocas y culturas relacionadas, el factor secundario de dicha inspiración.   Esta teoría sugiere que los escritores tuvieron una especie de iluminación gradual, que devino  simplemente en un tipo de perspicacia humana racional. Segundo, incluye también un tipo de intuición natural en donde el hombre descubre a Dios. Y finalmente, se considera la experiencia mística en donde la verdad revelada, es verdad personal subjetiva (J.H. Newman 1801-90, J.B. Franzelin 1816-1886, W. R. Smith 1846-1894)

     La inspiración mecánica (dictado): esta teoría señala que los escritores bíblicos fueron agentes pasivos, de manera que solo fueron piezas mecánicas en el proceso. Supuestamente, escribieron como teletipos vivientes bajo los impulsos divinos  (Johann Gerhard, J.A. Quenstedt, J.H. Heidegger, F. Turretin, Melchior Cano, Domingo Bañez)


El clímax contemporáneo de la heterodoxia tocante al concepto de la  inspiración de las Escrituras tuvo su desarrollo —como ya aludimos— bajo el marco de la neo-ortodoxia. Es aquí, y desde los planteamientos propios de los teólogos  neo-ortodoxos que la heterodoxia al respecto tuvo sus matices más sagaces, variados y socavantes. La inspiración dinámica o inspiración limitada no fue necesariamente una teoría propuesta por agentes que consideraríamos herejes, este fue el caso de teólogos como James Orr (1844-1913), Abraham Kuyper (1837-1920), G.C. Berkouwer y Marie-Joseph Lagrange (1855-1938). Todos de algún modo relativo creían que la inspiración estaba presente sólo en la ética y la doctrina.  Sin embargo, fue en justamente en esta época que con Karl Barth (1886-1968) en adelante que la inspiración sufrió los ataques más sagaces de la teología liberal pues desde esta plataforma se empezó a cuestionar  y negar los elementos sobrenaturales  de las Escrituras. Esto, tuvo un desarrollo creciente desde la teoría de la desmitologización de Rudolf Bultmann (1884-1976),  quien creía que la Biblia contenía muchos mitos, de manera que había que justamente: “desmitologizar” el texto bíblico.

En términos concretos, una de las consecuencias de la neo ortodoxia —como señala— Hutter Wolfgang dice que la Biblia entonces: “contiene” la Palabra de Dios, pero que, no “es” la Palabra de Dios en su totalidad. Aunque tiene revelaciones auténticas de Dios aseguraron lo liberales, también añadieron sin tapujos formales, que también contiene errores, ideas que entre otros teólogos, fueron sembradas desde Federico Schleiermacher (1768-1834), Sören Kierkegaard (1813-1855), Emil Brunner (1889-1966), Reinhold Niebuhr (1892-1971), después por Paul Tillich (1886-1965), Rudolf Bultmann (1884-1976) y  Karl Barth[10] (1886-1968).


C.   Desde la ortodoxia  

La  Escritura  es un libro por un lado  humano  y por otro, divino. Sin embargo su autoría intelectual  es sobrenatural, porque fue Dios quien la ideó  y plasmando Su voluntad  en ella libros para que el hombre pudiera conocer a Dios. El salmos 19 revela que Dios se ha revelado al hombre a través de la revelación visualizada, esto es, la creación, pero también señala que Dios se ha revelado a través de la revelación verbalizada. La Palabra de Dios, por ello el autor de Hebreos señala que Dios habló de muchas maneras  a los padres (Heb. 1:1ss), pero que en la consumación  de los tiempos, nos “habló” a través de la máxima revelación de Dios. Esto es, no nos mandó otro mensaje, Él mismo se hizo carne, viviendo entre nosotros (Jn. 1:1-14). Así, el autor del evangelio de Juan aconseja a sus lectores: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo,  el Hijo de Dios,  y para que creyendo,  tengáis vida en su nombre. (Jn. 20:31).  Ahora bien, la idea de la inspiración de las Escrituras, mayormente se desprenden de los siguientes dos versículos del Nuevo Testamento.

 “19 Tenemos también la palabra profética más segura,  a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro,  hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; 20 entendiendo primero esto,  que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, 21 porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana,  sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Ped. 1:19-21).

16 Toda la Escritura es inspirada por Dios,  y útil para enseñar,  para redargüir,  para corregir,  para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto,  enteramente preparado para toda buena obra.” (2 Tim. 3:16-17)

Así, cuando Pablo escribe que “…toda la escritura es espirada por Dios”, lo primero que se destaca en el versículo, es la holística de la inspiración. Así, es πᾶσα γραφὴ “toda escritura”, es decir, “las Escrituras”, como las alude en 3:15 τὰ ἱερὰ γράμματα “las sagradas Escrituras”, en todas sus partes, lo cual incluye τὰς λοιπὰς γραφάς “las otras Escrituras.” (2 Ped. 3:16). Son ellas, las que han sido inspiradas, para lo cual Pablo inventó el término θεόπνευστος (theópneutos) —hápax legómenon— “soplada”, o “insuflada” por Dios, cuyo paralelo veterotestamentario corresponde al término נְשָׁמָה (neshamá). “El Espíritu de Dios me ha hecho, y el aliento del Todopoderoso me da vida.” (Job. 33:4 LBLA). La idea general entonces es, tal como el soplo de Dios ha dado vida al hombre, así también la Escritura, o las Escrituras fueron el  resultado directo del soplo de Dios (Nehmer 2006:28).

Esta es entonces la primera idea derivaba del texto bíblico mismo acerca de la doctrina de la inspiración; la segunda, incluye a los hombres que recibieron la influencia de Dios en el proceso, específicamente derivado de la frase pedrina  “…sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Ped. 1:19-21). Así, el término “inspirados”→ φερόμενοι (ferómenoi) presente participio pasivo del verbo φέρω “llevar”, incluye aquí el hecho de que éstos fueron “llevados”, “impulsados”, o “dirigidos” por Dios. Como señala el profesor Nehmer, lo que quiere decir esto, es que la profecía o el mensaje de los profetas, no se originaron en ellos mismos, ni surgió por iniciativa de ellos, por el contrario,   fue el Espíritu Santo que los impulsó y dirigió al hablar. “Escritura” que incluyen las epístolas del NT, como claramente el apóstol Pedro señala también (2 Ped. 3:15).

Definiciones  ortodoxas  derivas de esta referencias novotestamentarias al respecto entonces, han habido muchas, como: «La inspiración, en el sentido religioso de la palabra, denota un hecho de orden psicológico: la toma de posesión, más o menos completa, del alma humana por parte del Espíritu de Dios. En el fenómeno de la inspiración, Dios introduce su Espíritu en el espíritu del hombre.»  (Ventura 1985:526). Aunque esta declaración no es errada, encontramos   otras aun mejores en definición de lo que incluye esta dirección divina sobre hombres falibles escogidos por Dios para escribir Su Palabra. Una definición precisa entonces, bien puede ser la siguiente.

“La inspiración es la actividad por la cual Dios de tal manera influye en los autores humanos, que éstos, usando sus facultades especificas y sus distintas personalidades, compusieron y refirieron sin error, en palabras del original, la revelación de Dios al hombre.” (Ryrie en Nehmer 2006:28).

Ahora bien, la doctrina de la inspiración de las Escrituras, implican algunos conceptos derivados o correlativos a la inspiración divina, como: su autoridad, la claridad de las mismas, su veracidad, su relevancia, su historicidad y vitalidad. Conceptos que explicamos brevemente  a continuación.     


1.    Autoridad

La autoridad de las Escrituras no sólo devienen por la veracidad misma que incluyen la frase, la “Palabra de Dios”, sino y también, porque justamente, es Dios su Autor (1 Tim. 3:15ss). Dicho de otro modo: La Biblia es la verdad, porque es la verdad de Dios (Jn.  17:17). Esto incluye dos aspectos generales. Primero, la Palabra de Dios tiene poder para hacer lo que ella dice. Como observamos en el NT en máximas como: “porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra,  ni una jota ni una tilde pasará de la ley,  hasta que todo se haya cumplido.” (Mt. 5:18). Así, y bajo esta misma noción de autoridad, Jesús repelió las propuestas de Satanás apelando a la jurisdicción de ellas diciendo: “escrito está…” (Mt. 4). En segundo lugar, la autoridad de ellas tiene que ver también con su autoridad prescriptiva. En el Antiguo Testamento esto se ve frecuentemente en la frase introductoria: “Así ha dicho Jehová…  (cf. Éxo. 7:17; 2 Sam. 7:8; 1 Rey. 13:2; 1 Cro. 17:4; Isa. 49:7; Jer. 7:3;  Eze. 2:4; 3:11; 44:9; Amo. 1:6; Nah. 1:11; Hag. 1:5; Zac. 1:3), o “así dice Jehová…” (cf. Jos. 24:2; 2 Rey. 19:32;  Isa. 42:5; 43:1,14; 44:2,24; 45:1; Eze. 14:6; Hag. 2:6).  Cabe señalar que los reformados frente a los clérigos de Iglesia Católica respondieron justamente, bajo este criterio autoritativo, lo cual devino en uno de los “slogan” de este gran necesario movimiento: “sola Scriptura”, una de las cinco solas que  venía a liberar la autoridad de las Escrituras, pero, como la regla de fe y conducta cristiana única, autoritativa y suficiente.

2.    Claridad

Claridad, es una referencia a la perspicuidad de las Escrituras. Francis Schmidt señala al respecto: “La perspicuidad  en las Escrituras se refiere a la doctrina de que la Biblia es clara e inteligible en su mensaje.  La Biblia no fue escrita para esconder las verdades espirituales de la humanidad sino para revelar a la humanidad la verdad acerca de Dios, su carácter,  su plan, y su provisión para la salvación del hombre.  Por lo tanto, todo creyente, con la iluminación del Espíritu Santo, puede entender las Escrituras cuando las lee con la intención de conocer a Dios y responder en fe y obediencia.” (Schmidt [s/f]:1). A pesar que la Biblia reconoce que hay algunas  partes “difíciles de entender” (2 Ped. 3:15-16), el salmista también declara: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” (Sal. 119:105). La confesión de Westminster se suma a esta premisa diciendo:

“Las cosas contenidas en las Escrituras, no todas son igualmente llanas, ni igualmente claras para todos (1 Ped. 3:15-16); sin embargo, las cosas que necesariamente deben saberse, creerse y guardarse para conseguir la salvación, se proponen y declaran en uno u otro lugar de la Escritura, de tal manera que no sólo los eruditos, sino también los que no lo son, pueden adquirir un conocimiento suficiente de tales cosas por el debido uso de los medios ordinarios (Sal. 119:105,130). (Westminster 2013:11)

En otras palabras, la Biblia  da por sentado que el mensaje de Dios, —y en especial— el mensaje de salvación es claramente entendible; esto no quiere decir que sea fácil de abrazar, por ello Pablo dice que el hombre natural no recibe las cosas que son del Espíritu (1 Cor. 2:14). No obstante, es comprensible para todos, de manera que Dios condena al hombre no por su falta de comprensión, sino por su negación a aceptar los términos de Dios  (cf. Rom. 1:1-32; 2:5). Por otro lado, la Escritura también señala: “La exposición de tus palabras alumbra;  hace entender a los simples.” (Sal.  119:130). Esto último señala al hecho de que es la exposición de Sus palabras la que alumbra y hace entender a los “simples”, lo cual describe la necesidad de docentes que el mismo Dios ha dado a Su pueblo  (cf. Ecle. 12:9-11; Neh. 8:1-8; 1 Tim. 3:2; 2 Tim. 1:13; 2:1-2;2:15;3:14-16; Tit. 1:9). Requisitos que revelan la preocupación de Dios de que los hombres y Su iglesia sean instruidos de acuerdo a maestros capacitados, a quienes Dios mismo ha dado el don que se requiere en el ejercicio de la exposición de las Escrituras (Efe. 4:11ss).

3.    Veracidad

La veracidad de las Escrituras, igual que su autoridad, son características intrínsecas de la Palabra de Dios. Jesús mismo señaló: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” (Jn.  17:17). El salmista también añadió: “La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia.” (Sal. 119:160). En esta clasificación, la veracidad incluye los aspectos propios de este término: confiabilidad, fidelidad, e infabilidad o inerrancia. Así, una definición de ello  puede ser: “Lo que quiere expresar con estos términos es que los libros de la Biblia merecen entera confianza con respecto a todo lo que Dios quiere lograr por su medio; que la Biblia es enteramente…” (Garrett 1996I:172).

Por último, una de la evidencias más notables de la veracidad de las Escrituras, es sin duda el cumplimento de sus profecías, en especial, las tocante a Cristo, esto, sin mencionar la evidencias arqueológicas al respecto y la precisión de sus datos tocantes las leyes de la naturaleza.

Profecía
Cumplimiento
La Simiente de la mujer (Nacimiento Virginal)
Gén. 3:15
Lc. 1:35
Te herirá en la cabeza
Gén. 3:15
Heb. 2:14
Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra
Gén. 12:3
Hec. 3:25-26
Sumo sacerdote según el orden de Melquisedec
Gén. 14:18
Heb. 6:20
Saldrá estrella de Jacob
Núm. 24:17-19
Mt. 2:2
Profeta de en medio de ti te levantará Jehová
Deut. 18:15
Jn. 6:14
Pondré mis palabras en su boca
Deut. 18:18
Jn. 8:28-29
Porque maldito por Dios es el colgado en un madero
Deut. 21:23
Gál. 3:10-13
Cristo, nuestro pariente, nos redimió
Rut 4:4-9
Efe. 1:3-7
Dará poder a su Rey, Y exaltará el poderío de su Ungido
1 Sam. 2:10
Mt. 28:18;Jn. 12:15
yo levantaré después de ti a uno de tu linaje
2 Sam. 7:12
Mt. 1:1
Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo
2 Sam. 7:14
Lc. 1:32
Y tu trono será estable eternamente
2 Sam. 7:16
Lc. 3:31;Apo 22:16
Consumado es
Sal. 22:31
Jn. 19:30
Yo soy el buen pastor
Sal. 21:1
Jn. 10:11
Predicción de su exaltación
Sal. 24:3
Hec. 1:11; Fil 2:9
Porque se han levantado contra mí testigos falsos
Sal. 27:12
Mt. 26:60,61; Mar 14:57,58
Predicción de su resurrección
Sal. 30:3
Hec. 2:32
Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre
Sal. 45:6
Heb. 1:8
Ungido por el Espíritu Santo
Sal. 45:7
Mt. 3:16; Heb. 1:9
Llamado el Cristo (Mesías o Ungido)
Sal. 45:7,8
Lc. 2:11
Su resurrección
Sal. 49:15
Hec. 2:27;13:35;Mar 16:6
Traicionado por un amigo, no un enemigo
Sal. 55:12-14
Jn. 13:18
Muerte del traicionero
Sal. 55:15
Mt. 27:3-5;Hec 1:16-19
Tomaste dones para los hombres
Sal. 68:18
Efe 4:7-16
Ascendió al cielo
Sal. 68:18
Lc. 24:51
No moriré, sino que viviré
Sal. 118:17,18
Lc. 24:5-7;1 Cor. 15:20
La piedra que desecharon ha venido a ser cabeza del ángulo
Sal. 118:22,23
Mt. 21:42,43
He aquí yo derramaré mi espíritu sobre vosotros
Pro. 1:23
Jn. 16:7
El Mesías era eterno
Pro. 8:22-23
Jn. 17:5


4.    Relevancia

La relevancia de las Escrituras está dada por su utilidad. Siendo un libro sobrenatural es pertinente para la salvación, de manera que tiene el poder de convencer  a los hombres (Hec. 2:37s; Stg. 1:23). De impartir vida (Heb. 4:12; 1 Ped. 1:23). Alimenta el alma, pues “…no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). También santifica, de manera que el salmista puede decir: “En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti.” (Sal. 119:11). 

5.    Historicidad

La veracidad de las Escrituras por otro lado, está afirmada también por sus propios autores humanos, quienes fueron testigos presenciales de los hechos que ella narra, así Juan escribe:  1Lo que era desde el principio,  lo que hemos oído,  lo que hemos visto con nuestros ojos,  lo que hemos contemplado,  y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida 2  (porque la vida fue manifestada,  y la hemos visto,  y testificamos,  y os anunciamos la vida eterna,  la cual estaba con el Padre,  y se nos manifestó); 3  lo que hemos visto y oído,  eso os anunciamos,  para que también vosotros tengáis comunión con nosotros;  y nuestra.” (1 Jn. 1:-3). Lucas, el autor del evangelio y Hechos también señala: 1Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, 2  tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos,  y fueron ministros de la palabra, 3me ha parecido también a mí,  después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen,  escribírtelas por orden,  oh excelentísimo Teófilo.” (Lc. 1:1-3). Cabe notar que Lucas nos habla de διήγησιν ἀνατάξασθαι (diégesin anatáxasthai [Lc. 1:1a]) la “narración ordenada de la historia” cristiana. No se trata entonces de fábulas, sino, de historia verídica.  Evidencia que se revela de manera explícita en las cuatro declaraciones que hace en el versículo aludido. 

1.     cosas que entre nosotros han sido ciertísimas…
2.     tal como nos lo enseñaron…
3.     los que desde el principio lo vieron con sus ojos…
4.     y fueron ministros de la palabra…
(Lc. 1:1-2)

Por último, una de la evidencias más notables de la veracidad de las Escrituras, es sin duda —como se ha señalado— el cumplimento de sus profecías, cuestión que la arqueología siempre ha corroborado.  John Stott, —por ejemplo— dando argumentos de la historicidad  de Hechos cita a A. N. Sherwin-White (1911-1993) quien aun siendo un académico secular  y profesor de historia antigua del mundo greco-romano  en Oxford, da fe de esto, diciendo:

“El fondo histórico es exacto. Desde el punto de vista del tiempo y el lugar, los detalles son precisos y correctos. Uno camina con el autor de Hechos por las calles y mercados, los teatros y las asambleas de Éfeso del primer siglo, o los de Tesalónica, Corino o Filipos. Los grandes hombres de las ciudades, los magistrados, la multitud y el líder de la multitud están todos allí… es semejante en el caso del relato de las experiencia judiciales de Pablo ante los tribunales de Galión, Félix y Festo. Como documentos, estos relatos pertenecen a la misma serie histórica que los registros de juicios provinciales e imperiales en las fuentes epigráficas y  literarias del siglo primero y de la primera parte del segundo siglo d.C.” (A. N. Sherwin-White en Stott 2010:21-s).

La conclusión de A. N. Sherwin-White no queda solamente en la definición anterior, agrega:

“Para Hechos la confirmación de historicidad es abrumadora… cualquiera intento de rechazar en adelante su historicidad básica aun en asuntos de detalle ha de parecer absurdo. Los historiadores romanos la han dado por sentado hace mucho tiempo.”  (A. N. Sherwin-White en Stott 2010:21-s).

6.    Vitalidad

La vitalidad de las Escrituras está relacionada con el poder de las Escrituras, esencialmente, el poder de quien es el Autor de ella, Dios. Así por ejemplo, el salmista escribe: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.” (Sal.  33:6). De la misma manera, el primer libro del AT indica que los cielos y la tierra fueron hechos por “la palabra de Dios” (Gén. 1.1), cuestión que constatamos especialmente a través de la frase: “Y dijo Dios… como se observa en el siguiente ejemplo. 

Gén. 1:9 “Entonces dijo Dios…”
Gén. 1:3  “Y dijo Dios…”
Gén. 1:6  “Entonces dijo Dios…”
Gén. 1:9  “Entonces dijo Dios…”
Gén. 1:11  “Y dijo Dios…”
Gén. 1:14  “Entonces dijo Dios…”
Gén. 1:20  “Entonces dijo Dios…”
Gén. 1:24  “Entonces dijo Dios…”
Gén. 1:26  “Y dijo Dios…”
Gén. 1:29  “Y dijo Dios…”
Gén. 9:12  “Y dijo Dios…”

Este poder se observa no sólo en la creación, sino también, con el hombre. Así, la palabra de Dios vivifica al irregenerado  (cf. Sal. 119:25, 28,154). Provee bienestar futuro y ordena los pasos del creyente  (cf. Sal.  119:9,133); es lámpara para el camino del que confía en ella (cf. Sal.  119:105). Es vida para la aflicción (cf. Sal. 119:107). Sustenta al creyente (cf. Sal. 119:116). Y, en el NT se observan las mismas cualidades de su vitalidad. Por un lado para los creyentes, es la causa de la santificación (Jn. 17:17s). Edifica a los creyentes  (Col. 2:6-7). Hace sabios a éstos en cuanto a la salvación (2 Tim. 3:15ss). Pero también, da vida a los incrédulos (Efe. 2:1; Sal. 19:7), a través de la regeneración obrada por medio del Espíritu Santo quien usa la Palabra de Dios (cf. Jn. 3:5-8; Tit. 3:4-6; 2 Tes. 2:13-14; Stg. 1:18; 1 Ped. 1:22-23).

Como se ha señalado, las Escrituras son un libro por un lado  humano  y por otro lado divino. Esto último se hace patente en estos tópicos aquí brevemente explicados,  autoridad claridad, veracidad, relevancia, historicidad y vitalidad. De manera que la Biblia no solamente es un libro singular, sino, y, por sobre todo: sobrenatural. Su composición, su inspiración y posterior canonización han demostrado ser características únicas respecto las obras literarias humanas más destacadas. No es casual que hasta hoy en día, tiene el estándar de ser el libro más vendido, más traducido y también, más leído de la historia humana. No fue raro a la vista de estos hechos, que el propio Abraham Lincoln (1809-1892) expresara: “Creo que la Biblia es el mejor don de Dios jamás dado a los hombres. Todo el bien que emana del Salvador del mundo se nos comunica a través de este libro.

Como hemos señalado,  conceptos errados acerca de la inspiración de las Escrituras, ha habido muchos. Sin embargo, y a pesar que todas estas propuestas han sido refutadas, aun queda en el consciente colectivo, ideas como que la Biblia “contiene” la Palabra de Dios, lo cual es una negación sutil a la inspiración plenaria de las Escrituras y a los conceptos propios que la Biblia decanta al respecto.

IV.       Preguntas sobre la inspiración

A.   ¿Existe un consenso en cuanto a la inspiración de parte de la ortodoxia?

Siempre ha existido un consenso en el pensamiento académico teológico evangélico al respecto, un consenso saludable,   de manera que aun con ciertos matices, la ortodoxia al siempre ha sido clara. Un ejemplo de ello, son las siguientes definiciones que, a pesar que presentan sus disquisiciones de manera diferente, respetan todas los equilibrios ortodoxos al respecto, esto es, la preponderancia de Dios  y la instrumentalidad consciente de los hombres. Así, definiendo el concepto de la  inspiración, leemos:  

“La obra del Espíritu Santo de capacitar a los autores humanos de la Biblia para escribir aquello que Dios deseaba que quedara registrado en las Escrituras.” (Grenz & Guretzki et al. 2006:72).

“El uso teológico de la palabra inspiración tiene como fin referirse a esa influencia controlante que Dios ejerció sobre los hombres que escribieron la Biblia.” (Chafer 1974I:63).

“La inspiración es aquella influencia del Espíritu de Dios sobre las mentes de los autores de la Escritura, que hizo que sus escritos fueran el registro de una revelación divina progresiva y suficiente…” (Strong en Garrett 1996:124)


B.   ¿Tiene la inspiración un alcance fuera de los  idiomas originales?

La inspiración tiene que ver exclusivamente con los idiomas originales (hebreo, arameo, griego). A pesar que existe a veces confusión en ello, tampoco esto se puede aplicar a las Biblias de estudio que, siendo aun de mucha ayuda, son simplemente comentarios teológicos sujetos a errores.  Ahora bien, sin duda en el proceso escritural surgieron lo que se ha llamado “variantes” textuales, que de algún modo nos muestran otros matices de este proceso escriturario, esto no oscurece el concepto ni su vigencia. Cabe recalcar además,  que las “variantes” textuales no son en sí, una negación de la inspiración, sino más bien, las consecuencias propias del proceso humano que, de alguna manera nos  muestran las falencias de los copistas en el proceso, no de la propio inspiración. En efecto, aquí estamos pisano el área de la trasmisión de las Escrituras, que es otro tópico ajeno a la inspiración.

 C.   ¿Es la inspiración una especie de iluminación?

Si bien algunos propusieron que la inspiración fue una especie de iluminación circunstancial, la verdad de las cosas es que la inspiración es algo bastante diferente a la “iluminación”. Como hemos señalado, la inspiración tiene que ver con el proceso mismo de manufactura de la verdad divina escrita, la iluminación tiene que ver con la comprensión de esta verdad. De manera que, a diferencia de la “iluminación”, la inspiración fue completa, no gradual, además estuvo solo al alcance de los profetas y apóstoles (Efe. 2:20), por el contrario, la iluminación está al alcance de todos los creyentes que dicho sea de paso, no reciben revelación sobre la revelación, sino que, logran comprender por medio del estudio diligente de las Escrituras y la guía del Espíritu Santo, la voluntad de Dios estipula en las Escrituras.


V.        Conclusión

La cuestión de la inspiración de las Escrituras entonces, es una de las doctrinas históricas fundamentales del cristianismo. No obstante, no es menos cierto —como ya hemos dicho— que definiciones de la misma ha habido muchas,  pues  este tópico bibliológico es un conceptos amplio. Sin embargo, debemos tener en cuenta que en términos generales, existen solo dos grandes formas de comprenderlo. Decimos generales, refiriéndonos a  las categorías de conceptos heterodoxos y conceptos ortodoxos. Así, la neo-ortodoxia del siglo XVIII en adelante y las ideas de la ortodoxia que siempre han prevalecido por sobre las ideas  e intenciones de la teología liberal.  De manera podemos concluir que la inspiración de las Escrituras fue  un proceso real, dirigido por Dios, quien se valió de hombres piadosos, para que por medio de una revelación objetiva y verbal, pudiéramos no solo conocerles, sino también, entenderlo y por sobre todo, ser salvos, como expresa Juan:    Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo,  el Hijo de Dios,  y para que creyendo,  tengáis vida en su nombre.” (Jn. 20:31).





VI.    Bibliografía

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Herrera A. Francisco 2011. Teología Cristiana, historia y contexto de su desarrollo. San José, Costa Rica.: Universidad Estatal a Distancia.  
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Nehmer,  Eckhard 2006. Introducción a la Biblia. Material ICAT, (Instituto de Capacitación Bíblica).
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Ventura, S. V. 1985. El Nuevo diccionario bíblico ilustrado. Terrassa, Barcelona: Editorial Clie.





[1]Todo lo que encierra “creencias correctas”, o de acuerdo a las mismas Escrituras.
[2] Todo lo que encierra “creencias incorrectas”, desde  conceptos imprecisos, hasta heréticos al respecto.
[3] Spiritus Dei vox est quia ista, nisi illo inspirante, non diceremus; De illa Civüate, unde peregrinamur, litteraen nobis venerunt; ipsae sunt Scripturae.”
[4] Literalmente: Dígitos Dei, eosdem ipsos ministros Spiritu Sancto repletos, propter ipsum, Spirilum qui in eis operatur, recte accipimus, quoniam per eosdem nobis omnis divina Scriptura confecta est; Isti Libri opera sunt digitorum Dei; Sancto enim Spiritu in sanctis operante, confecti sunt.” (Hipona 1957XV:19).
[5] De acuerdo a uno de los editores de  la obra de Agustín —Balbino Martín— que hemos citado, señala este, haciendo algunas inferencias personales: «Es preciso, por lo tanto leer con cuidado a San Agustín, porque en esos casos extraordinarios la inspiración lleva aneja una suerte de revelación. En todo caso, es precisa una especial luz divina […] Sin embargo, tal iluminación no lleva consigo la consciencia, sino que tal consciencia ha de ser objeto de una nueva revelación, como explica San Agustín al hablar del famoso éxtasis de San Pablo, que es arrebatado hasta el tercer cielo.   Parece claro que, por parte de Dios, la inspiración es una luz bajo cuya influencia “se entiende”, esto es, se formulan juicios. Tal influencia de orden sobrenatural correspondería, a mi juicio, a la teoría general agustiniana del conocimiento» (Hipona 1957XV:212).
[6] La primera cláusula señala לֹֽ֣א תַֽעֲשֶׂ֙ה־לְךָ֥֣ פֶ֣סֶל֙   (lo  taase  leká pesel) “no fabricarás para ti escultura [ídolo]…” (Éxo. 20:4).  El término “taashe” (fabricar) proviene de la raíz hb. פָּסַל (pasál) raíz primaria, que incluye la acción de tallar, alisar, cortar, labrar sea esto  madera o piedra.
[7] Teologías erradas de Dios.
[8] Aunque es cierto que  existe cierta disputa sobre la etimología,  los especialistas en terminología hebrea al parecer no evalúan esta alternativa  como viable, este es el caso de  Keil & Delitzsch  (pág. 2008:107). E. Jenni & C. Westermann, aunque ven una “relación” con el término pecho,  subrayan que tiene relación, no que se deriva de la misma raíz y que dicha idea no tiene relevancia  (pág. 1101). En otras palabras, si hay una relación, sólo es ilustrativa de la provisión que hay en Dios. De ningún modo existe en dichas referencias una teología de la feminidad de Dios.
[9] Woods y Bartolo bien pudieran ser clasificados en esta premisa, pues consideraron que la inspiración era una especia de simple “sugestión” [humana]  (Garrett 2001:132).
[10] Hutter Wolfgang —de nacionalidad alemana— señala que Barth distinguió o dividió la historia entre “Geschichte” e “Historie”, dos palabras alemanas que en español solamente pueden ser traducidas por la palabra “historia”. “Geschichte” para Barth era historia “piadosa”. Esto quiere decir: los autores se han inventado ciertas cosas aunque dieron a estas historias un toque real. “Historie”, sin embargo, son relatos históricamente correctos (Wolfgang 2002:1). Según Barth, la resurrección de Jesús pertenece al ámbito de “Geschichte”, no de “Historie”.  Y por cierto, Bultmann también acuño estos conceptos, aunque  para este teólogo  la “Geschichte” es la verdadera historia, pero, no porque nos remita a la historicidad objetiva de los hechos, sino porque es un encuentro del yo con el ambiente del cual se es el centro (Herrera 2011:465).