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jueves, 15 de octubre de 2015

Muestra I, en revisión: A. Sacramentos y la oración del pecador



El siguiente, es una muestra en revisión del capítulo V, del libro:
“Decisionismo o evangelismo bíblico”, por J.A. Torres Q, páginas 105ss.
ISBN: 978-956-351-515-2 año  2015.

INTRODUCCIÓN
A.  Sacramentos  y la oración del pecador

¿Si yo oro con fe, soy salvo? ¡Sí! Sólo tienes que repetir esta oración…” Lo anterior  —como hemos visto ya— no sólo es una compresión errada del requerimiento del evangelio, o, de lo que es en sí, el evangelismo bíblico; sin duda no todas las versiones del decisionismo son siempre de esta manera, pero en términos generales,  el “acto”, el “hecho”, la “acción” que se requiere, tiene  una connotación casi sacramental, de allí que muchos teólogos llamen a este rito evangélico,  una “superstición”[1], y otros, una “presuposición equivocada”[2]. Pero, ¿en qué sentido es sospechosa de sacramentalismo? Si observamos esta costumbre con lentes reformados (reforma), claramente la “oración del pecador” es justamente una “presunción”, y en algunos casos también, una “superstición” basada en la concepción de que un “rito pío”  es necesario para  la salvación, generalmente estipulada  metodológicamente  por  cuatro pasos. Si bien es cierto el protestantismo no tiene una teología teórica  sacramental, en el consciente colectivo decisionista está la noción errada de que si no se ha hecho una oración, no se ha logrado efectuar la salvación. No obstante, antes de entender cuál es la relación  entre los sacramentos católicos y la oración de pecador, es necesario entender  justamente,  qué son los “sacramentos” católicos. ¿Por qué Lutero arremetió fuertemente contra los sacramentos católicos? En términos concretos, y para entender la hostilidad de Lutero, —y por cierto— la de los reformadores tocante a los sacramentos, tenemos que entender que los sacramentos son “ritos” religiosos que desde una compresión teológica católica, se obtiene  y se sostiene  la salvación. Por esta razón Lutero llegó a tildarlos de impíos y opuestos a la verdadera fe cristiana, en especial, en su libro: “La cautividad Babilónica de la Iglesia”, en el que encontramos algunas críticas al respecto, como:

Comenzaré por negar la existencia de siete sacramentos, y, por el momento, propondré sólo tres: el bautismo, la penitencia y el pan. Todos ellos se han reducido por obra y gracia de la curia romana a una mísera cautividad, y la iglesia ha sido totalmente despojada de su libertad.  Aquilatando mis palabras al uso de la Escritura, en realidad tendría que decir que no admito más que un sacramento y tres signos sacramentales.” (Lutero 1520:1ss cf. [Arnau 2007:135]).

¿Qué es lo que Lutero estaba negando? Ramón Arnau —teólogo y catedrático católico— explicando la intención de Lutero, responde: “Al adoptar esta drástica actitud contra la definición escolástica  del sacramento, lo que de veras estaba negando [Lutero] es la eficacia causal del mismo […] Lutero rechazaba de modo absoluto que la gracia depende de una determinada acción realizadas por un hombre […] a lo que se opone decididamente Lutero es a aceptar que los sacramentos […] sean signos eficaces de la gracia.” (Arnau 2007:138). ¿Cómo un “rito” puede tener eficacia salutífera? ¿Cómo un “acto”, una “acción”, o sea, una “obra humana” puede pretender ser eficaz para la salvación? La única manera, —y respondiendo concretamente a estas preguntas—  se encuentran en la teología católica. Por esta razón  la negación de los sacramentos por parte de Lutero y los reformadores fue una sublevación insolente a los ojos del clero romano, quizás la escisión más grave de todas.

 En el “Estudio sobre Historia de la Teología”, el sacerdote jesuita Cándido Pozo (1925-2011) citando  al historiador alemán protestante  Ernst Troeltsch (1865-1923) constató esta cuestión: “La idea religiosa central del protestantismo es la disolución de la idea de sacramento. En un plano de historia de los dogmas éste es el punto decisivo por el que, por primera vez, se rompió definitivamente el sistema católico.”  (Troeltsch  en  Pozo 2006:35). Los reformadores en consenso general, dieron un golpe mortal a la soteriología católica al negar los supuestos poderes de estos ritos. Piolanti, otro pensador y teólogo católico escribió:

«La pacifica posesión, de esta doctrina, fruto de la reflexión de muchos siglos sobre los datos de la Revelación (cfr. Rom. 6, 3-11; 1 Cor. 10,17) fue perturbada por los protestantes del  s. XVI, que, negando los Sacramentos  de la Nueva Ley la dignidad de causas de la gracia, los consideraron como signos “ad  nutriandam fidem” (Lutero), o como prendas de la benevolencia divina (Calvino), o como señales de  pertenecer a la iglesia (Zwinglio), o solamente como nota que nos distingue de los infieles (Carlostadio y Socinianos). El conc. de Trento reivindicó contra este empobrecimiento del dogma la eficacia causal del los sacramentos y rebatió uno por uno los errores del protestantismo en los trece cánones de la sesión VII.» (Piolanti 1952:321s).

 Pero, ¿en qué sentido pudiera el decisionismo ser sospechoso de sacramentalismo, en especial, la “oración del pecador”?  A pesar que la historia de los sacramentos no nos interesa, la teología de los mismos exige que la abordemos aunque sea de manera somera  en vista que para Roma, los ritos  —y en especial— los sacramentos, no son solamente  ritos, sino “acciones” que conducen y “causan” la gracia. El propio catedrático católico, Ramón Arnau García (1925-2008) habiendo sido regente de la teología de los sacramentos  en la Facultad  de Teología de Valencia, escribió la historia evolutiva de los sacramentos, haciendo declaraciones confesionales importantes no sólo tocante a su evolución para bíblica, sino también, respecto la relación de estos, con la idea  pagana de “misterio” aplicada a los sacramentos. Entonces, ¿de dónde viene la idea de sacramento? Aun más, ¿cómo es que siendo solamente ritos, adquirieron estatus salutíferos? La idea sacramental católica, descansa en las interpretación[3] de algunos padres post-apostólicos,   quienes influenciados por el platonismo mistérico, vieron en los ritos sacramentales acciones capaces de generar la gracia.

En términos vocálicos, la pretensión católica  de hallar en los sacramentos un instrumento generante de gracia salutífera, bien vino a graficar el término “sacramento”, no obstante  la fuerza del contenido de  este término, (sacramento) subyace en la construcción que la Iglesia Católica fue suministrando al término bíblico μυστήριον (musteríon), que por cierto, no revela[4] ninguna conexión  exegética sólida con lo que la Iglesia Católica construyó sobre el mismo. ¿Cómo, y de dónde entonces surge la fuerza significante de “sacramento” como rite salutarem→ rito que salva? Para cualquier lector común, —aun siendo católico— que los sacramentos confieran la gracia, o la operen, sin duda llega a ser  un “misterio”, suena lógico, cuestión que acrecienta la  etimológica relacional (misterio ↔ sacramento). En términos específicos, la relación, o la fuerza etimológica  de  los sacramentos como “misterio operante”, proviene también, de un versículo oscuro del apócrifo  de Sabiduría[5]. Así, seguirá  una lista de teólogos católicos, que defenderán la legitimidad de los sacramentos  recurriendo no sólo a la patrística,  sino que también a la teoría eisegética de que Jesús mismo fue el autor de los ellos. Por ejemplo,  Alejandro de Hales (1185-1245),   sugirió que los sacramentos fueron instituidos por Cristo  de manera tácita en su calidad de Dios-hombre (2007:222); Hugo de San Víctor (1096-1141) y Pedro Lombardo (1100-1160), lo adjudicaron a los apóstoles; Buenaventura (1221-1274) negó que Cristo haya sido el fundador  de ellos, dando crédito fundacional  al Espíritu Santo; Tomás de Aquino (1225-1274) lo volvió a relacionar con Cristo, pero con un hecho puntual, cuando Juan lo bautizó en el Jordán, su argumento: “…pues en aquel momento recibió el agua el poder de conferir la gracia. [Suma Teológica III, q. 66]” (Arnau 2007:224). Juan Eck (1486-1543) —según Arnau— sugirió que los sacramentos fueron instituidos por Cristo, pero de manera genérica, cuestión  que la Iglesia Católica llevó al estatus soteriológico debido a que —según Roma— su autoridad,  es mayor que la Escritura, dando para ello  argumentos nuevamente eisegéticos[6]. Tapper, —teólogo tridentino— uno de los teólogos más representativos de la institución genérica de los sacramentos, consideró que la institución de los sacramentos fueron todos establecidos por Jesucristo, y que por ello causan la gracia, dando a los apóstoles —y sus sucesores— el poder para conferirlos. Finalmente el mismo Arnau ofrece un atisbo novotestamentario, citando como base de esta supuesta institucionalidad cristológica, la cita de Marcos 16:16[7], en donde capitula que si bien es cierto Jesús no decantó formas explícitas (inmersión, afusión o aspersión), vinculó el signo (el rito)  con el efecto salvífico (Arnau 2007:231). En términos  generales podemos decir que la idea de “sacramento” católico descansa en interpretaciones eisegéticas históricas, no obstante,  y observando, —por ejemplo— el “Manual de Teología Dogmática”  escrito por el erudito alemán católico  Ludwig Ott  (1906-1985) observamos un argumento  exegético interesante, pero claramente también, basado en una hermenéutica  hiper-literalista, un matiz común que se puede observar[8] en la hermenéutica católica.

«La Sagrada Escritura atribuye a los sacramentos verdadera causalidad (instrumental), como se ve claramente por el empleo de las preposiciones «de» (ἐκ ἐξ; ek) y «por» (διὰ; per) y del dativo o (en latín) ablativo instrumental; Ioh 3, 5: «Quien no renaciere del agua y del Espíritu (ἐξ ὕδατος καὶ πνεύματος) no puede entrar en el reino de los cielos»; Tit 3, 5: «Nos salvó mediante el lavatorio de la regeneración y renovación del Espíritu Santo (διὰ λουτροῦ παλιγγενεσίας)»; Eph 5, 26: «...purificándola con el lavado del agua en la palabra (τῷ λουτρῷ τοῦ ὕδατος)»; cf. Act 8, 18; 2 Tim 1, 6; 1 Petr 3, 21.» (Ott  1966:491-492).

¿Cuál fue la voz autoritativa de la Iglesia Católica después, respecto la causalidad salutífera de los sacramentos? La patrística (mencionada) puso las bases conceptuales y verbales, lo cual dio paso a la necesidad de una elaboración  más sistemática y dogmática de los mismos, esto, fue una tarea llevada a cabo por la escolástica,  la cual capituló  que los sacramentos  son visibile signum invisibilis gratiae [un] signo visible de la gracia invisible” y de allí, la fórmula que vino a explicar que los sacramentos  actúan  ex opere operato (lit.: “de la obra hecha”)[9], y  ex operato operantis (lit.: “de la obra del que está haciendo la obra”)[10]  (Grenz & Guretzki  et al. 2006:51s). Frases que el concilio de Trento rememoraría no sólo como dogmas católicos definidos, sino que también, como una respuesta anatémica  en contra de los reformadores. Bajo esta idea, se subrayó los dos aspectos ceremoniales del sacramento,  esto es, el signo, que se lo denominó sacramentun tantum[11], y al efecto de causar la gracia,  res sacramenti[12].

Advierta el lector aquí, que estamos navegando por la médula del sistema soteriológico católico de cómo se va haciendo efectiva la salvación, dogmas que Lutero y los reformadores destrozaron también, medularmente. Ahora bien, la escolástica con  Hugo de San Víctor[13] (1096-1141) y en su tratado  “De Sacramemntis in genere”, hizo el empalme preliminar  entre la patrística y los teólogos escolásticos. San Víctor   dividió la sacramentología en dos partes, potenciando  la idea sinergista[14] (cooperativa) de la salvación en función del libre albedrío humano que los solicita para mejorarse[15]. La aportación de  Hugo de San Víctor  a la teología sacramental católica, fue clave en el proceso del pensamiento católico actual pues justificó los mismos, para reparar  las consecuencias del pecado original[16], instaurados —según San Víctor—  desde el mismo momento de la expulsión del Edén con el propósito de servir como “medicina” para que el hombre pudiese [por el mismo] curarse (Arnau 2007:92). En otras palabras, Hugo de San Víctor establecería la necesariedad de los sacramentos como  acciones instituidas para la sanación del hombre enfermo por el pecado (2007:92,93). La conclusión de Pedro Lombardo (1100-1160), —un según escolástico católico— en “Libri quattuor Sententiarum”, (Libro de cuatro sentencias)  concluye que los sacramentos  son “signos visibles de una realidad espiritual”, y causantes de la gracia sanando al hombre de su estado de “enfermedad” (2007:106).

 Finalmente, el último de los escolásticos, —quizás el más importante para la Iglesia Católica—  fue Tomás de Aquino (1225-1274), especialmente en su obra: “De articulis fidei et ecclesiae sacramentis” (artículo de fe y los sacramentos); en el libro IV del “Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo”, y en la “Suma Teológica.” Tomás de Aquino, es coincidente con Hugo de San Víctor, pues también ve en los sacramentos, el remedio para el hombre caído (2007:112). Sobre el trabajo de sus precursores, Aquino no aportó nada nuevo al postulado de que los sacramentos  son  “signos  visibles de una realidad espiritual”, no obstante,   agregará que los sacramentos tienen su operatividad, a partir del Verbo encarnado (Suma III, Q.60), y su  consecuente efectividad en la acción litúrgica, en donde el signo realmente se hace sacramento operante (Arnau 2007:116ss).

Fue el Concilio de Florencia[17] (1439-1445)  la instancia en donde la idea de que cada uno de los sacramentos causan la gracia, fue establecida canónicamente. Esencialmente, basada en: “De articulis fidei et ecclesiae sacramentis” de Tomás Aquino (Rico 2006:264) Florencia capituló:

“Siete son los sacramentos de la Nueva Ley, a saber, bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extrema unción, orden y matrimonio que mucho difieren de so sacramentos de la antigua Ley. Éstos, en efecto, no producían (causabant) la gracia, sino que sólo figuraban la que había de dase a través de la pasión de Cristo; pero los nuestros no sólo contienen (continent) la gracia, sino que la confieren (conferunt) a los que dignamente los reciben.» (Florencia en Bourgeois & Sesboüé   1995III:95).

De esta manera  llegamos a uno de los concilios más relevantes de la Iglesia Católica al presente, el concilio de Trento (1542-1562), en el que la conclusión teológica sacramental, será definitiva y apologética[18]. Trento definió  los sacramentos como “medios” de salvación, o, como: “…instrumentos de la gracia.” (Rovira 2001:101); a los cuales describió como: “Signos establecidos por Dios —no fruto de invención humana—  que realmente producen la santidad y la justicia significada.” (Trento en Bourgeois & Sesboüé   1995III:160s). En tres puntos, Trento concluyó y resumió la posición que la IC sigue hasta hoy, leemos:

1.     Los sacramentos del Nuevo Testamento causa la gracia; la dan a los que dignamente la reciben. […] Contienen la gracia que estos sacramentos significan.
2.     Dan la gracia a los que no pone obstáculo.
3.     Los sacramentos comunican la gracia en virtud de la obra realizada objetivamente.
(cf. CIC 1513-1514;1529;1605)

(Rovira  2001:101)

Finalmente  el  Concilio Vaticano II (1962-1965) reafirmó los dogmas de Trento, recalcando que la institución  de los sacramentos fue una concesión del mismo Jesús, y como tales, son instrumentos operantes de la gracia. En términos concretos, el concilio Vaticano II actualiza y prolonga los dictámenes tridentinos  (Bourgeois & Sesboüé   1995III:209). No obstante, es necesario agregar aquí, que el  Concilio Vaticano II  llegará a decir[19] implícitamente,  que el evangelio  no es necesario para la salvación. 

En consecuencia, y teniendo en  cuenta la noción medular  de los sacramentos,  ¿cuál es finalmente la posible relación de los sacramentos católicos, con el “sinner's prayer”, la oración del pecador? Algunos se podrían preguntar  asustados, ¡¿con los sacramentos católicos?! Al leer algunos textos católicos al respecto, la sospecha toma cuerpo. Pero aun más, al leer ciertas críticas evangélicas  lapidarias como: «La oración del pecador es un ejemplo de una presuposición equivocada que infesta mucho la evangelización moderna….» (Gebhards 2011:149), o, «Pídele a Jesús que venga a tu corazón. […] No encontrarás un lugar donde se mencione siquiera la oración supersticiosa de un pecador….» (Platt  2011:41-42)  la acusación toma cierto peso objetivo. Pero, ¿cuáles el contenido de estos adjetivos (presuposición/supersticiosa)? Teniendo en cuenta que la idea de la reforma del siglo XVI   —como bien escribió Troeltsch— es   “…la disolución de la idea de sacramento…” (Troeltsch en Pozo 2006:35), la oración del pecador, como “rito” necesario recibe su primera estocada porque sea como sea, —en el esquema decisionista elemental—  es también un rito informalmente estipulativo que claramente la esencia de la reforma  termina de rematar por las implicancias de la frase, “solo” por fe.  Nótese que Cándido Pozo (1957-2005) —teólogo católico—  citando a Wilhelm Stählin (1883-1975) teólogo luterano alemán, graficó bastante bien esta cuestión práctica de la fe reformada, versus la ritología católica.

«…Lo que definiría al protestantismo, es la palabra “solamente”, (allein), mientras lo que definiría al catolicismo es la conjunción “y” (und)» (Stählin en Pozo 2000:25).

Y añade:

«Así, en efecto, estudiando los grandes temas que se debatieron en Trento cuando se traza la línea divisoria entre catolicismo y protestantismo, subraya cómo las posiciones protestantes se expresan con unas fórmulas las cuales contienen todas la partícula “solamente”, mientras que las fórmulas dogmáticas que Trento opone a las fórmulas protestantes son siempre unas formulaciones complejas en las que existe siempre la conjunción “y”. Así, por ejemplo, el gran tema de la sesión cuarta de Trento sobre la escritura y tradición. Frente a la fórmula protestante “Escritura solamente”, Trento definiría “Escritura y Tradición”. Cuando llegamos a los grandes temas de la sesión sexta, la sesión de la justificación, el protestantismo, dentro también de la temática de la sesión sexta, dirá “la fe solamente”, mientras Trento frente a ese “solamente” protestante opondrá de nuevo un “y” diciendo que el hombre para justificarse necesita de la fe y de las obras.» (Pozo 2000:25).

Claramente la idea decisionista en su esencial filosófica primordial, añade a la fe  un “y” ritualista sutil, que por cierto también  y en la mayoría de los casos, no se hace por una intención herética, no obstante y en algunos casos, llega a ser  un práctica “piamente” fetichista[20], con matices sacramentalistas, nótese brevemente los siguientes conclusiones decisionistas.

“¿Has decidido recibir al Señor Jesús como tu Salvador? Si lo has hecho, has hecho la decisión más importante de tu vida. Ahora eres parte de la familia de Dios…” (Palau 2012:28).

«…Dondequiera que sea que esté leyendo esto, lo invito a que baje su cabeza y que quietamente susurre la oración que cambiará su eternidad: “Jesús, creo en ti y te recibo.” Hágalo. Si oró con sinceridad esa oración, ¡felicidades! ¡Bienvenido a la familia de Dios!» (Warren 2002:50)

Sabiendo que el cristianismo protestante  popular evidentemente de noción arminiana, la pregunta es, ¿qué volvió a retomar Charles Finney —el padre del  evangelismo decisionista— del catolicismo  medieval   lo cual claramente legó sutilmente a nuestra generación? Evidentemente no fueron los sacramentos, no obstante, la respuesta emerge por sí sola si hemos logrado entender la aorta[21] del sacramentalismo, en efecto,  ¿en qué confían muchos evangélicos aun,  cuando se les pregunta cómo saben que son realmente salvos? ¡Yo hice la oración! (rito), dicen muchos, otros, yo le pedí a Cristo que entrara en mi corazón (rito); no debemos ser ingenuos, si bien es cierto estas declaraciones no siempre son la conclusión herética de alguien que realmente siente su necesidad de Cristo, debemos tener claro, —y en especial— como ministros de Dios,  que la necesidad de “ritos”, es proposición de la religión falsa  que adjunta fetiches a la fe. “Solo” Cristo, “solo fe”, “solo” Escritura no fueron un adorno comunicacional de la reforma, sino la convicción profunda de que “solo la fe”, no la fe “y” una oración ritual pía, era y es el requerimiento del evangelio. Por cierto, —y lo hemos aclarado— no es malo hacer una oración  y querer  expresar a aquello que el corazón siente en la dirección correcta, no obstante, la necesidad de volver a las “solas” de la reforma, no es una cuestión filosófica, sino una cuestión básica no sólo de la reforma, sino de la fe escritural. Bien escribió el pastor Jorge Ruiz:

«… no nos salvamos nosotros, sino es Dios quien nos salva, solo por gracia, solo por la fe, y solo por los méritos de Cristo”. […] quita las palabras “solo” y la reforma tarde o temprano, desaparece. El mundo evangélico en general ha quitado la palabra “solo” a todas estas afirmaciones. Ello lo ha hecho en los últimos 200 años aproximadamente [a través] del nuevo evangelicismo […] La idea fundamental de este cambio ha sido que la regeneración es una obra que el hombre hace: en esencia no es más que una “decisión por Cristo”, por la que el hombre, a cambio, recibe la salvación. La salvación, por tanto, es una obra del hombre, o mejor dicho, una obra que el hombre hace a medias con Dios. [¿El resultado?] El gran teólogo y predicador americano Robert L. Dabney a finales del siglo XIX, constató el resultado que esta predicación antropocéntrica había hecho en su país, ella era la que “había poblado el país de incrédulos.”» (Ruiz en Adams 2005:10s).




[1] «No encontrarás un versículo en la Escritura en el que se le diga a la gente: “inclina tu cabeza, cierra los ojos y repite después de mi”. No encontrarás un lugar donde se mencione siquiera la oración supersticiosa de un pecador. Y no encontrarás un énfasis en aceptar a Jesús.» (Platt  2011:41-42).
[2] «La oración del pecador es un ejemplo de una presuposición equivocada que infesta mucho la evangelización moderna. Proviene de la noción errada de que la decisión de un pecador de recibir a Cristo es el factor determinante en la salvación.» (Gebhards 2011:149).
[3] Ignacio de Antioquia (182-254 d.C.). en la carta los de Magnesia, a quienes habló del “misterio” que comporta el “día del Señor” por sobre el sábado,  y a los de Tralia, en donde hizo referencia a los diáconos, quienes administran  los “misterios [sacramentos] de Cristo.” Clemente de Alejandría (150-215 d.C.) fue uno de los que aplicó el término “misterio” gnóstico-neoplatónico a la teología cristiana,  lo uso, 91 veces; y por imposición suya, la ley del arcano (contenido del misterio)  rigió la catequesis cristiana.  Orígenes (182-254 d.C.) sentó las bases para la reflexión teológica de signo y realidad. De aquí, la noción de Orígenes daría paso a la compresión teológica de que los sacramentos no solamente son realidades de signos espirituales, sino que también, medios operativos por los cuales se conseguirá la gracia “sacramentun tantum” [realidad visible (Tejero 1983:428)]. Tertuliano (160-220 d.C.) en “De Baptismo”, sugerirá que los signos sensibles —sacramentos—  son capaces de conferir un efecto sobrenatural. Cipriano (200-258 d.C.) usó el término “sacramentos” de varias maneras en sentido de juramentos, de verdad escondida, pero también, como acciones operantes de la gracia, especialmente es su tratado Ad Quirinum. Agustín de Hipona (354-430 d.C.) — según Arnau—  establecería no sólo la idea de que el sacramento es un signo eficaz de la gracia, sino especialmente la metafísica de las palabras en todo el proceso. La idea es, un rito no tiene sentido  si las palabras que la evocan, son omitidas. De allí la cita de Agustín que enuncia Arnau para demostrar  el “aporte” de Hipona: «Quita la palabra y ¿qué es el agua sino agua?; se junta la palabra al elemento y éste se hace sacramento…» (Agustín en Arnau 2007:79). Jerónimo (342-420 d.C.)  —en la Vulgata—   masificó el término, al haber traducido el vocablo griego μυστήριον (musteríon), por sacramentun (Arnau  2007:53-80)
[4] El NT usa  μυστηρίου (musteríon), 28 veces (Mt. 13:11; Mr. 4:11; Lc. 8:10; Rom. 11:25; 16:25; 1 Cor. 2:1,7;4:1;13:2;14:2;15:51; Efe. 1:9;3:3,4,9;5:32;6:19; Col. 1:26,27;2:2;4:3;2 Tes. 2:7;1 Tim. 3:9,16; Apo. 1:20;10:7;17:5,7.)
[5] “…no conocen los secretos [mysteria]  de Dios, no esperan recompensa por la santidad ni creen en el premio de las almas intachables.” (Sabiduría 2:22).
[6] Como el mismo Arnau comenta: “Eck, al enfrentarse con los reformadores para precisar hasta qué punto el poder de la Iglesia se ha mostrado de hecho superior al de la Escritura, recurre a datos diversos. Así, recuerda que la Escritura mandaba santificar el sábado, y que la Iglesia por su propia autoridad ha cambiado la observancia del sábado por la del domingo; que Cristo, según el testimonio de Mateo, había mandado a bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con lo que había determinado de manera explícita la forma de administrar el bautismo en nombre de la Trinidad, y la Iglesia primitiva cambió esta forma trinitaria por otra cristológica. A la vista de estos y otros comportamientos eclesiales, concluye Eck que la Iglesia tiene autoridad sobre la Escritura [Eck, Ioh., Enchiridion].” (Arnau 2007:228).
[7] “El que creyere y fuere bautizado,  será salvo;  mas el que no creyere,  será condenado.” (Mr. 16.16) RV60.
[8] Un ejemplo de esto lo vemos, por ejemplo, en el Manual Bíblico-litúrgico Católico  “Oremus”, —Manual del episcopado de Chile— en donde se fundamenta la misa, y la transubstantación, de una interpretación literalista de las palabras de Jesús en Juan 6:64: «Comulgar es recibir al mismo Cristo presente en la hostia consagrada y presente también en el vino consagrado en el cáliz. En la comunión  Jesús alimenta nuestra alma, aumenta la gracia santificante, nos fortalece para obrar el bien… Jesús ha prometido a los que comulguen: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el día último (Juan 6,64)» (Oremus 1974:54).
[9] Este latinismo, sugiere y señala al sacramento, como una obra que realmente causa, o “opera” lo que significa (Grenz & Guretzki  et al. 2006:51s).
[10] Grenz y Guretzki  explican que con esta frase  se quiere comunicar  que los sacramentos, son efectivos, solo sí se llevan a cabo correctamente, por un sacerdote o ministro debidamente ordenado (Grenz & Guretzki  et al. 2006:51s).
[11] La “realidad visible”, en el caso de la eucaristía, el pan y el vino.
[12] Lit.: “la gracia causada” (Tejero 1983:428).
[13] En el desarrollo de esta doctrina católica cabe destacar que Trento, citó reiteradamente a Víctor San Hugo, aun mucho más que Agustín (Arnau 2007:91).
[14] El propio Arnau —desde una mirada católica— capitula: “La consideración  que de los sacramentos tuvieron los escolásticos giró básicamente en  torno a la antropología caída, y ello por haber seguido el esquema bíblico que se adaptaba a la historia real del hombre creado y caído; partiendo de esa historia, los teólogos estudiaban en primer lugar la obra de la creación, el opus conditionis, y pasaba después a estudiar la redención como obra que reparaba la situación del hombre pecador, el opus  reparationis. De ahí el peso tan grande que en la reflexión sacramental de los escolásticos tuvo la consideración del efecto  sanante.” (Arnau 2007:101).
[15] Arnau comenta: “Hugo de San Víctor tomó en consideración los sacramentos en el conjunto de una global reflexión teológica que constaba de dos partes, a las que denominó opus conditionis [condición del trabajo]  y opus reparationis [trabajos de restauración]...” (Arnau 2007:90s).
[16] Hugo de San Víctor dirá también, y como principio, “…que siempre que hay enfermedad ha de haber la correspondiente medicina, y puesto que la enfermedad ha acompañado al hombre desde siempre, desde siempre también le acompaña los sacramentos.” (Arnau 2007:92).
[17] El concilio ecuménico de Florencia se inició en Basilea, después fue trasladado a Ferrara el 8 de enero de 1438, y después a Florencia. Su objetivo principal fue la reunificación  entre las Iglesias griega y latina.
[18]Especialmente en contra de los reformadores, Antonio Miralles, —escritor católico— escribe: “El concilio de Trento, en el primero de los cánones  sobre los sacramentos en general publicados en la sesión séptima, definió como dogma de fe, contra el error protestante, la institución de los sacramentos por Cristo.” (Miralles 2000:141s). En términos específicos, Trento decretó: “Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no fueron instituidos todos por Jesucristo Nuestro Señor, o que son más o menos de siete, a saber, bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio, o también que alguno de estos no es verdadera y propiamente sacramento, sea anatema.” (Trento en Miralles 2000:141s).
[19] «Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).» (Vaticano 2014:1).
[20] “La oración modelo para pedir la salvación puede ser así… Después que él ore, muéstrele el versículo de Rom. 10:9, 10,13 e indíquele que ha cumplido con los requisitos que Dios tiene para la salvación. […] conviene que le escriba que aceptó a Cristo en esta fecha en la pasta de su Biblia o en un librito o folleto que tenga un sitio para firmar su decisión.” (Pacheco 1974:23).
[21] La aorta es la arteria principal del cuerpo humano. 

miércoles, 28 de enero de 2015

El semipelagianismo antiguo y moderno


El semipelagianismo  fue  una interpretación teológica que vino a reemplazar al pelagianismo,  se conoció como la doctrina de los clérigos “Marselleses”, el semipelagianismo  (Lacueva 1975:41). Sus proponentes fueron Juan Casiano (360-435 d.C.), abad de Marsella. Genadio de Marsella (494-501 d.C.). Vicente de Leríns (450† d.C.) y Fausto de Riez (410-495 d.C.). No obstante, la idea fue preliminarmente expuesta por los monjes Hadrumento y Vital. Este último exponía,  que si bien es cierto todo el bien que uno hace, lo debe a la Gracia de Dios, no obstante, el primer paso a la salvación  —el initium fidei—  es únicamente nuestro y Dios no interviene en ello (González  2010:356). En cuanto al semipelagianismo organizado entonces, fue una iniciativa de los Marselleses, y en directa oposición  a lo que Agustín había expuesto. Esta posición pretendió resguardar tanto la soberanía de Dios en la salvación, como el libre albedrío en la misma.  En palabras de Seeberg: “…puesto que él  quiere que todos los hombres sean salvos, y sin embargo no todos son salvos, sólo es culpa del hombre que algunos se pierdan, y la voluntad humana es la única responsable.” (Seeberg 1963:364).  El punto clave del semipelagianismo, fue la cuestión del initium fidei.  Casiano en el siguiente comentario revela la esencia del semipelagianismo temprano. Escribió: “Tan pronto como Él [Dios] descubre en nosotros el comienzo de una buena voluntad, la ilumina y alienta e incita hacia a la salvación, haciendo crecer lo que Él mismo plantó, o lo que ha visto surgir por nuestro propio esfuerzo.” (Casiano en González 2010:357).

Juan Casiano no negaba la Gracia divina como Pelagio, no obstante, la idea esencial de su pensamiento radica en que Dios, coopera en la salvación humana, en otras palabras, es una Gracia que queda finalmente supeditada a la decisión humana. Seeberg, nos aclara las ideas de Casiano al respecto: «“sostenía  firmemente dos principios acerca de la gracia divina: que somos incapaces de hacer algo bueno sin la ayuda de Dios (col. xiii: 6), y que es necesario preservar la afirmación del libre albedrío […] síguese de ello que la gracia y el libre albedrío cooperan; “Así, pues, la gracia de Dios coopera siempre para el bien con nuestra voluntad…”.» (Seeberg 1963:364).

Muchos podrían pensar que estas ideas fueron sólo propuestas y seguidas por la teología del quinto siglo, no obstante, y para sorpresa de muchos, es una postura que se sigue con mucha popularidad en el día de hoy. Lutzer escribe: “… el semipelagianismo goza [hoy] de amplia aceptación entre los evangélicos que enseñan que no es Dios sino cada hombre como individuo quien elige si es o no salvo.” (Lutzer 2008:174). Notemos un ejemplo actual de esto. La Biblia “Vida Nueva” expone en sus notas de “estudio”, la conclusión del pensamiento semipelagianista: “La salvación se produce como un don de la gracia de Dios, pero sólo puede obtenerse por la respuesta humana de la fe. La fe en Jesucristo es la única condición que Dios exige para la salvación....” (Biblia de estudio “Vida Plena”. Pág. 1582).

No obstante, la conclusión práctica del pensamiento  similar es aun más osada. En palabras de Marcos Witt, podremos notar la idea en su máxima expresión. Quizás Witt raya el pelagianismo. Dos declaraciones de Witt, que reflejan el semipelagianismo en su sentido práctico. 


«Dios nos ha dado libre albedrío para escoger, permitir que el sea el Dios de nuestras vidas, y si no lo permitimos, obviamente no; pero en su capacidad de ser Dios para el resto del mundo, ¡claro que es capaz!  Pero está limitado a la fe de cada individuo. Si el individuo dice: “yo quiero que Dios, sea el Dios de mi vida”, el puede hacerlo para todo el mundo, pero si la persona no  le permite entrar, él no puede, tiene las manos atadas a la voluntad de la persona.» (Witt 2014:1; [minuto 4:41ss]).

Luego, desde el minuto 23:00, Isaac Sosa, —bajo el tema de la paz de Dios—  dice y pregunta: “Uno como cristiano, que conoce la palabra, puede conocer, o entender esa paz, ¿Cómo podrían los demás, —los que están alrededor [los incrédulos]— esa paz, exactamente conocerla? Responde Witt:

 “Es muy sencillo Isaac. Es hacer una invitación. Tienen que invitar. Dios no se forza sobre nadie, porque así nos construyó. Recuerda, desde el principio Dios creó al hombre porque quería tener amistad, quería tener comunión. Quería tener al hombre como su amigo. Él estaba buscando un ser que escogiera, tener amistada con Él. Como tú y yo sabemos Isaac, un amigo que tenemos, que es amigo a la fuerza...  no es una amistad muy plena; Pero, alguien que ha escogido ser mi amigo, ¡ah! eso es muy diferente, ahí hay comunión mucho más plena. Es lo mismo, Dios deseo que nosotros quisiéramos tener amistad con Él, por eso nos dio, libre albedrío. La voluntad de escoger. Escojo ser amigo de Dios, o no, y esa decisión la tiene cada individuo.  Entonces, cada uno de nosotros tenemos que llegar a un momento y decir, “ok”, yo quiero ser amigo de Dios. ¿Cómo puedo ser amigo de Dios? Bueno, empiezas por invitarlo a tu corazón. Invitarlo a tu vida. Ponlo en el centro de tus decisiones. Pregúntale cosas de cómo él piensa, como él habla, y ahí te vas a dar cuenta de cómo la vida va a cambiar para ti, literalmente.” (Witt 2014:1 [desde el minuto 23:00 hasta el 24:34s]). 

Cabe destacar que el semipelagianismo fue contundentemente condenado por el concilio de Orange en el 529 d.C.;  convención que dio por terminado la controversia semipelagiana, sin embargo, y a pesar de la aplastante respuesta del concilio de Orange, el semipelagianismo florecería tras bambalinas, hasta llegar a ser después, la posición oficial de la Iglesia Católica, paradójicamente también, la posición actual de muchos evangélicos. 



Biografía.

"Historia del Pensamiento Cristiano", Justo González.
Manual de Historias de las Doctrinas, Tomo I" Reinhold Seeberg.
"Doctrinas que Dividen" Erwin Lutzer.
"Biblia de estudio Vida Plena". 
"Doctrinas de la Gracia" Francisco Lacueva.

sábado, 26 de abril de 2014

Un análisis necesario al "Decisionismo evangelical"

Por el pastor, y profesor  Manfred A. Bluthardt 



Gracias por la Palabra “…una vez entregada a los santos” y por la magnífica obra del Espíritu Santo. Entre las múltiples funciones, el Santo Espíritu corrige a los creyentes. También las experiencias nos llevan a la autocrítica y la  necesaria corrección.

En el ambiente de la Iglesia Luterana Alemana, —donde en parte comencé mi formación Cristiana protestante— se tenía por entendido, que el bautismo de una guagua equivale al renacimiento espiritual. Muchos himnos bautismales, —hasta el día de hoy—  lo afirman:

 “Señor, acepte en tu gracia este niño por medio del santo bautismo. Haz de él un miembro y heredero, que en la vida y en la muerte sea tuyo.” (Himnario Oficial, EKG205,2).

“Buen Pastor, reciba este cordero. Señor acéptalo como miembro tuyo…” (EKG206,4).

“Escriba, Señor, su nombre en el libro de la vida y no sea que lo hemos traído (los niños) en vano.” (EKG207,1).

Claramente establece la Palabra de Dios: “Pero sin fe es imposible agradarlo, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que existe, y que es galardonador de los que lo buscan.” (Hebr.12:6) La Biblia Textual). La fe, y la fe personal son imprescindibles. El carcelero de Filipo recibe la instrucción precisa: Señores, ¿qué tengo que hacer para ser salvo? Contestaron ellos: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo…” (Hch. 16:30.31). El hecho y la necesidad de tomar decisiones de fe es confirmado, tanto en el AT como NT: “Y si mal os parece servir a YHVH, escogeos hoy a quién sirváis: si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses del amorreo en cuya tierra habitáis, pero yo y mi casa serviremos a YHVH.” (Jos. 24:15). La palabra misma “decisión” —no aparece aquí, ni en otra parte de la Biblia— pero sí, el hecho de tomar una determinación y conclusión de fe o de obediencia.  “Y Elías se acercó a todo el pueblo, y dijo: “¿Hasta cuándo andaréis cojeando en dos muletas? Si YHVH es Ha-’Elohim, seguidle; y si lo es Baal, seguidle a él. Pero el pueblo no le respondió palabra.” (1 Rey 18:21).

En el NT observamos, que los siervos de Dios presentan el mensaje, el amor de Dios, el juicio de Dios, la obra redentora de Cristo y sin formular un “llamado” esperan una reacción de los oyentes.

“Pues bien, Dios, pasando por alto esos tiempos de ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual va a juzgar a la humanidad con justicia, por medio del Varón que designó, presentando a todos garantía de ello cuando lo resucitó de entre los muertos. Pero cuando oyeron: Resurrección de muertos, unos se burlaban, y otros dijeron: ¡Ya te oiremos acerca de esto en otra ocasión!  Así que, Pablo salió de en medio de ellos.  No obstante, algunos varones creyeron y se unieron a él, entre ellos, Dionisio el areopagita y una mujer de nombre Dámaris, y otros con ellos.”  (Hch. 17:30-34).

Muchos de estos paganos escucharon por primera vez del verdadero Dios. Pablo presenta a Dios de la siguiente manera: -es misericordioso (pasa por alto la ignorancia, desconocimiento del Dios verdadero); - demanda arrepentimiento (reconocer el pecado, abandonar la vida viaja, volver contrito y con fe a Dios); - Dios juzgará a cada uno por medio de Jesucristo (el ser humano es plenamente responsable ante Dios y debe rendir cuentas). ¿Y cuál es la reacción? ¿Qué decisión toman los oyentes? = “unos se burlaban”, otros postergaron una decisión, “[en] otra ocasión [dijeron]”, “algunos creyeron”.

Por supuesto hay diferentes maneras de concretizar los pasos de fe. En el ministerio de Jesús y los apóstoles observamos generalmente una reacción espontánea a la auténtica exposición de la Verdad o mensaje. (Mt. 7:29; Mt 21:32.35.36; Hch. 2:37). Los métodos y las formas de llevar al oyente a una decisión han cambiado en el transcurso del tiempo. P.Ej. = El Ejército de Salvación, ha asumido que mostrar un sincero arrepentimiento, incluye el arrodillarse en el banquillo de penitencia; o cuando el llamado es hecho, indicar con la mano levantada,  el deseo de recibir a Cristo, lo cual incluye el pasar adelante, recibiendo en el acto consejería y oración especial. ProChrist (Alemania) = practican la invitación a pasar a una bien iluminada cruz e indicar así su decisión de fe en Jesucristo.

Todo Simbolismo necesita absolutamente una exhaustiva y contextualizada explicación, sino llega a ser un ritualismo muerto. P.Ej. = Pascua; vea la explicación en Ex 12,24 sg. “Guardaréis esta palabra como estatuto para ti y para tus hijos por siempre. Y cuando entréis en la tierra que YHVH os dará, como ha hablado, observaréis este servicio.  Y cuando os pregunten vuestros hijos: ¿Qué significa este servicio para vosotros? Vosotros responderéis: Sacrificio de Pascua es para YHVH, el cual pasó por alto las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando mandó una plaga sobre los egipcios, y libró nuestras casas. “Entonces el pueblo, inclinándose, se prosternó.  Fueron pues los hijos de Israel e hicieron tal como YHVH había ordenado a Moisés y a Aarón. Así lo hicieron.” (Éxo. 24:28).

Para evitar puro ceremonialismo y tradiciones rutinarias se requiere aclaraciones y explicaciones apropiadas en nuestros servicios cristianos. ¿Qué entiende una persona por una “decisión”, de “aceptar a Cristo”, “entregar la vida a Jesús”, etc.? Siguiendo al Prototipo bíblico practicamos el Bautismo de creyentes por inmersión. Es sorprendente escuchar algunos testimonios de los candidatos a bautismo que incluso han tenido clases especiales de preparación. “!Me bautizo hoy para lavarme de todos mis pecados!” “Aunque mis amigos se rían y se burlen de mí, me voy hacer evangélico y miembro de UCB!” Sin duda una “decisión” es importante como un paso en la dirección correcta; no obstante no equivale —necesariamente y en cada caso—  a la conversión y a la regeneración. Recuerdo un informe sobre las actividades evangelísticas del verano. Se informó, que en la carpa (evangelística)  pasaron 17 personas adelante y aceptaron a Cristo. Después de unos 3 meses no asistió ni una sola persona de ellas al culto. ¿Dónde quedan las evidencias de la nueva vida? Puede que estas personas hayan hecho una decisión sincera, pero, ¿experimentaron un cambio de muerte a vida? ¿Qué del pasado? – ¿Han sido liberados del catolicismo, del animismo, de las drogas, de la pornografía, etc.? “! Las cosas vieja pasaron!” ¿Qué de la restitución?  “Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres, y si algo he defraudado a alguno, lo restituyo cuadruplicado.” (Lc. 19,8) ¿Podría ser, que hemos ampliado demasiado la “puerta estrecha”?  “! Dios te ama, y El tiene un maravilloso plan para ti, acéptalo y en 10 Minutos tú serás mi hermano!”

No debemos olvidar que también, los “Evangélicos” son víctimas del modernismo, que se caracteriza por el Humanismo, Racionalismo y Pluralismo. Humanismo: Todo gira alrededor del hombre. La meta es el bienestar del hombre. Y justamente es a este hombre el que le agrada un Evangelio de prosperidad. “Ven a Cristo, y él te resuelve todos los problemas personales, matrimoniales...!” Basta una oración conjunta y todo va bien. Racionalismo: Los pensamientos lógicos, el raciocinio intelectual del hombre son determinantes y no lo establecido por un Dios invisible. Hay que usar buenos argumentos, no hablar del pecado, del infierno y castigo; ya que el amor de Cristo cubre todo y Dios recibe al hombre con brazos abiertos. Pluralismo: Hay que ser tolerante y no formular postulados absolutos. Tú crees en un Dios; el musulmán en otro y yo tengo el mío. Si decimos, que Jesucristo es un Salvador está bien; pero afirmar, que Cristo es el único Salvador es fundamentalismo, que debe ser erradicado. No obstante el fundamentalismo es exclusividad del cristianismo, pues: “…en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hch. 4:12). Lamentablemente aún, el pensamiento humanista está presente en muchos, quienes creen que los hombres son tan diferentes y los tiempos han cambiado tanto, que es necesario quitar todo obstáculo para que la gente llegue a la iglesia. Jesús nunca atrajo la gente con promesas falsas, justamente, hizo lo contrario, pidió a sus seguidores calcular los costos:

“No penséis que vine a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Porque vine para poner en disensión al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.  El que halló su vida la perderá, y el que perdió su vida por causa de mí, la hallará.” (Mt 10:34-38).

Preferentemente el NT habla de “metanoeo” = arrepentimiento o acto de fe y obediencia. Vea Juan el Bautista, Jesús, los apóstoles. Salvación = “soteria“ no es tanto antropocéntrico, un hecho del hombre, más bien es obra de Dios: 

“En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia. En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios.  Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros,  nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados!  Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales, para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.  Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.” (Ef 2:1-8  [comp. 1 Tes. 1:9])

No es la iniciativa y la intervención del hombre, sino de Dios. Siendo aun pecadores, Dios obró. No es mí decisión, mi humillación, mí oración, sino la gracia divina. No dice, que en el cielo habrá gozo por 25 chilenos, que hicieron su decisión por Cristo; o por 100 niños, que respondieron al ser preguntados, si quieren ir al cielo.

“O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido.  Les digo que así mismo se alegra Dios con sus ángeles por un pecador que se arrepiente.” (Lc. 15:8-10).

Lamentablemente se cita versículos bíblicos con buena intención, pero mala interpretación.

1.- “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.”  (Jn. 1:12).

Recibir por fe a Cristo, era en contra la corriente de la sociedad y para los religiosos ridículo. Seguir a un carpintero de Nazareth o un autoproclamado Rabbí sin domicilio ni educación, rechazado oficialmente por los líderes espirituales. Solamente unos pescadores analfabetos y pecadores conocidos le siguieron. – Y menos después de ser crucificado uno quería ser contado a sus discípulos.

2.-  “...que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo.” (Ro 10:9+10)

No se trata de una simple repetición formal o de un acto solemne de bautismo, cuando un seguidor de Cristo testifica y promete fidelidad al Maestro. Esto involucraba dar la vida por Jesús antes de traicionarlo o negarlo. Los cristianos eran considerado “ateoi”, una peste que había de ser erradicada. Llamar a Jesús “Señor” y negar la veneración al César costaba la vida. – Confesar a Jesús significa, que uno ha sometido toda su vida, su voluntad, sus ambiciones al señorío de Cristo. La meta ahora y siempre es Su voluntad, Su Reino y Su gloria! (significado del Bautismo).

3.- “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.”  (Apo. 3:20)

La interpretación contextual no dice que Cristo golpeó la puerta de un individuo para salvarlo, sino el Cristo resucitado se dirige a una iglesia tibia, “estoy por vomitarte de mi boca”. Jesús deseo estar nuevamente presente en la iglesia y tener comunión permanente.  No estoy haciendo un favor a Dios, si por fin abro la puerta de mi corazón. La reacción normal y espiritual debe ser como en el caso del centurión pagano: —“Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano.” (Mt 8:8).

Hacemos bien en toda esta controversia, darnos cuenta, que somos siervos inútiles e incapaces. No podemos salvar a nadie al igual que Ezequiel no pudo resucitar los muertos. Leemos: “La mano del Señor vino sobre mí, y su Espíritu me llevó y me colocó en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Me hizo pasearme entre ellos, y pude observar que había muchísimos huesos en el valle, huesos que estaban completamente secos.  Y me dijo: «Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?» Y yo le contesté: «Señor omnipotente, tú lo sabes.»  (Eze. 37:1-3). Es obra de Dios, y será obra de Dios. Nosotros somos embajadores que llaman a la reconciliación, en nombre de Cristo.  “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!  Esto es: “Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: “En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios.” (2 Cor. 5:17-21).

Al estar por ahogarse una persona en un rio correntoso y ser rescatado por un “Salvador”, no dirá después “pero yo grite fuerte,  le pasé la mano y le acepté aunque era un campesino sucio”. Afirmar la salvación en mi actuar subjetivo equivale a la Salvación por obras. “!Yo hice mi decisión! “!Yo acepté a Cristo!” Cuando vienen dudas, no me puede afirmar en mis obras o hechos, sino en la Obra de Cristo y en los hechos de la cruz y resurrección.

!Maravillosa gracia, que me buscó, me salvó, me libertó y me santificó!



Manfred A. Bluthardt

lunes, 5 de noviembre de 2012

Charles Finney: El evangelista controversial



Por: William P. Farley

En el otoño de 1821, un estudiante de leyes de veintinueve años de edad comenzó a buscar al Señor. Durante el pasado año un avivamiento se había extendido en su ciudad natal de Adams, Nueva York, y él había rehusado participar. Pero después comenzó a orar. Cuarenta años más tarde, recordó de esta manera su conversión: "El Espíritu Santo descendió sobre mí con tal fuerza que parecía que me traspasaba el cuerpo y el alma. La impresión fue como de una ola de electricidad que me traspasó enteramente. Parecía venir sobre mí en olas de amor, pues no lo pudiera expresar de otra manera. Parecía como el aliento mismo de Dios. Puedo recordar expresamente que parecía abanicarme, como inmensas alas. No tengo palabras para expresar el maravilloso amor que fue derramado en mi corazón". Así comenzó el ministerio de Charles Grandison Finney (1792-1875), uno de los más destacados e influyentes evangelistas en la historia de los Estados Unidos. El ministerio de Finney fue el apogeo del Segundo Gran Despertamiento (alrededor de 1792-1835). Vivió en la época de rápida expansión al Oeste, en que hubo un crecimiento de población sin precedentes. Los norteamericanos habían asimilado la doctrina del "Destino Manifiesto", y con ella el optimismo en los logros y el potencial humanos únicos en la historia. Finney era la personificación espiritual de ese ideal.

    Resumiendo la importancia de Finney, Marcos Noll escribe: "Hay que reconocer que se debiera clasificar a Finney con Andrew Jackson, Abraham Lincoln, y Andrew Carnegie... como uno de los personajes públicos más importantes de la América del siglo diecinueve. Sin duda, entre la raza blanca de los Estados Unidos, sobresale, después de Jonathan Edwards, como una figura crucial en el mundo evangélico". 2

LOS PRIMEROS AÑOS

Poco después de su dramática conversión, Finney comenzó a estudiar bajo su pastor presbiteriano, George Gale. Éste lo animó a asistir al Seminario Princeton. Pero como no sentía gran respeto por la teología ni los teólogos, Finney escribió: "Llana y plenamente les dije que no me sometería a la influencia bajo la que ellos habían estado". En sus memorias, Gale lo recuerda de otra manera: "Finney no asistió al seminario porque no pudo ser aceptado". Por cualquiera razón, Finney no procuró hacerse de una educación teológica formal. Como resultado, su presbiterio lo puso bajo tutela de Gale y otro pastor. En 1823, Finney recibió licencia para predicar, y fue ordenado en 1824. Durante este tiempo la Sociedad Misionera Femenil lo comisionó para que trabajara como evangelista en el laberinto de pueblos y aldeas en el noroeste de Nueva York. Allí Dios le concedió cierta medida de buen éxito.

    En 1825, hubo un drástico cambio en su ministerio. Finney fue invitado a predicar en Utica, Nueva York. Utica quedaba cerca del recién escavado Canal Erie. Era una metrópolis del Oeste, en creciente desarrollo y de mucho movimiento. Durante dos años Finney predicó, con creciente efectividad, en Utica y las ciudades adyacentes de Rome y Syracuse. Los métodos de Finney eran novedosos. No evangelizó como sus predecesores: Jonathan Edwards, George Whitefield, y Asahel Nettleton. 4 Para tener conversiones, a propósito elevó el timbre emocional de las reuniones. Adoptó y popularizó la práctica metodista de llamar a los conversos a pasar al altar o sentarse en la silla del penitente para significar su decisión de seguir a Cristo. Para agotar a los oyentes y llevarlos a hacer una entrega, alargaba sus reuniones. A veces las reuniones duraban cuatro horas y más. Estas formas de manipulación no escaparon a los críticos.

CONFERENCIA EN NEW LEBANON

Finney tuvo considerable éxito, pero debido a sus nuevas medidas, se levantó mucha oposición. Sus principales oponentes fueron dos personajes de buena fama nacional: Lyman Beecher y Asahel Nettleton.En el verano de 1827 se organizó una conferencia en New Lebanon, Nueva York, para tratar las diferencias. Según Iain Murray, la conferencia "no era cosa de estar a favor o en contra, no de la emoción, sino de la adopción de medios, además de la predicación y la oración, para provocar emoción".Nettleton y Beecher estaban de un lado; Finney y sus seguidores del otro. Nettleton y Beecher se habían graduado de Yale. Ellos representaban la tradición teológica de New England de sus antepasados. Finney, sin educación académica, iba en dirección de cambio y de una interpretación personal de las Escrituras. La Conferencia de New Lebanon culminó en un punto muerto. El que no pudieran censurar a Finney fue su victoria. Esto le dio la medida de respetabilidad que le hacía falta. Por primera vez las iglesias en las grandes ciudades de la costa Este abrieron las puertas a su ministerio. Desde el verano de 1827 hasta el otoño de 1829 tuvo campañas en Wilmington, Philadelphia, y Nueva York.

AVIVAMIENTO EN ROCHESTER

Desde el otoño de 1830 hasta el verano de 1831, el ministerio de Finney llegó a su punto culminante en Rochester, Nueva York. El Espíritu de Dios estuvo con él en gran poder. Como Utica, Rochester era un centro comercial de mucho movimiento, cerca del recientemente terminado Canal Erie. Tal era la manifestación del poder de Dios en la obra de Finney que los comerciantes de todo el distrito muchas veces cerraban sus puertas para asistir a las reuniones. En sus giras de iglesia a iglesia, grandes multitudes seguían a Finney. Charles Hambrick-Stowe, un biógrafo de Finney, observa: "Muchos llegarían a decir que fue el más grande avivamiento local en la historia de los Estados Unidos".7 Citando a Beecher, continúa: "El avivamiento a escala nacional despertado por Rochester fue 'la mayor obra de Dios, y el más grande avivamiento religioso que el mundo jamás ha visto en tan corto tiempo'". La campaña en Rochester también unió a los creyentes respecto de dos importantes asuntos sociales: temperancia y la abolición de la esclavitud. Ambos tendrían muy amplias implicaciones.

ESCRITURA Y ENSEÑANZA

En 1832, el fuego del avivamiento comenzó a desvanecerse y Finney asumió un pastorado en Nueva York. En 1835, el recién fundado Oberlin College (Ohio) lo invitó a ser su primer profesor de teología. Finney tenía cuarenta y tres años de edad y estaba agotado. En gran necesidad de descanso y con el sentir de que estaba ocurriendo un cambio en el ambiente espiritual, aceptó. Por el resto de su vida se dedicó a dictar clases en Oberlin y a conducir campañas en varios lugares, como en Nueva York, Boston, e Inglaterra. Hasta entonces, Finney se había dedicado al evangelismo. Como no tenía obras publicadas, sus suposiciones teológicas eran relativamente desconocidas. Todo esto cambió en 1835, cuando Finney publicó sus Lectures on Revivals of Religion . En un resumen del contenido, Nathan Hatch escribe: "Finney lanzó una virulenta crítica de la ortodoxia calvinista, tirando a matar el sistema calvinista. Negó la implícita autoridad del saber, se burló de la impotencia de los cuidadosamente escritos sermones... y condenó el distante y elegante estilo de los ministros educados. Clamó contra la burocracia eclesiástica, particularmente las sutilezas teológicas y la caza de herejías que había llegado a caracterizar el coto presbiteriano... Finney pedía una revolución copernicana para que la vida religiosa se centrara en el público. Despreciaba el estudio teológico formal".El problema consistía en que Finney escribió Revivals of Religion [Avivamiento de religión] cuando todavía era un ministro presbiteriano ordenado. Esto puso al descubierto su oposición a la teología de su propia denominación. Además, sus obras posteriores confirmaron que él creía en la posibilidad de una vida santa y sin pecado para los recién conversos, la negación de la imputación del pecado y la culpa de Adán, la habilidad humana de crear para sí una nueva naturaleza, el rechazo de la Expiación sustitutiva, y el poder de fabricar un avivamiento mediante ciertos métodos. En otras palabras, negó grandes secciones de la Confesión de Westminster que había jurado mantener. Él y Asa Mahan (1799-1889), el presidente de Oberlin College, más adelante compilaron estas ideas en lo que se conoce como "Teología Oberlin". En 1837, sintiendo la presión de sus colegas presbiterianos, renunció a la denominación presbiteriana y se afilió a los congregacionalistas. En 1851, bajo presión, Mahan renunció a la presidencia de Oberlin y la facultad con voto unánime pidió a Finney que asumiera ese cargo. Tenía entonces cincuenta y nueve años de edad. Finney mantuvo la presidencia hasta 1866, cuando renunció debido a su avanzada edad. Pero siguió dedicándose a la evangelización, y a la enseñanza en Oberlin, hasta su muerte en agosto de 1875.

EL MINISTERIO DE FINNEY

El ministerio de Finney fue único. En un tiempo cuando casi todos los pastores leían sus sermones, Finney predicaba sin notas, y generalmente sin prepararse. Se levantaba a hablar según el Espíritu lo inspiraba. Más adelante, se valió de un sencillo bosquejo para sus prédicas. Finney despreciaba la preparación formal. A veces era criticado por su estilo de predicación tajante y sentenciosa. Finney practicó muchas novedades. Como no creía en el pecado original, suponía que el hombre puede arrepentirse y volverse a Dios sin intervención sobrenatural. Por lo tanto, cualquier medida que pudiera provocar una decisión por Cristo era justificada. Caracterizaban su obra los llamados al altar, la práctica de orar públicamente por los inconversos que estaban presentes, y la exigencia a tomar una decisión inmediata de seguir a Cristo. Aunque los metodistas, y algunos bautistas, ya habían estado practicando estos métodos, Finney los popularizó. Siguen en uso hoy. Como señala Murray: "Lo que sucedió allí [en la Nueva York occidental bajo Finney] llegó a marcar un hito en la historia evangélica, y trajo entre los líderes que también profesaban fe en la obra del Espíritu Santo, la primera gran controversia respecto del significado del avivamiento". 10 A su favor se dirá que Finney también motivó las aplicaciones sociales del evangelio. Finney, Mahan, y sus seguidores fueron algunos de los primeros líderes en el movimiento que abogaba por la abolición de la esclavitud. También asumió una firme postura contra la orden masónica.

LA TEOLOGÍA DE FINNEY

Finney fue un muy franco pelagiano. Sus otras creencias teológicas, que ya hemos mencionado, revelan su repugnancia a la preparación teológica. Un historiador resume así la teología de Finney: "El concepto de que un hombre no regenerado es gobernado por una naturaleza caída no tenía sentido... Una decisión de la voluntad, no un cambio de naturaleza, era todo lo que se requería para ser convertido... Si la conversión era el resultado de la decisión del pecador, y si era responsabilidad del predicador inducir esa decisión... entonces cualquier medida que llevara al inconverso hacia el punto de una instantánea y absoluta conversión tenía que ser buena".11

Estas ideas eran contrarias a la ortodoxia de la época, que la mayoría había aceptado desde que el Mayflower arribara en Plymouth Rock en 1620. ¿De dónde sacó Finney estas ideas? Casi todos los historiadores señalan la influencia de Nathaniel William Taylor (1786-1858), profesor de teología en Yale. Los puntos de vista de Finney eran casi idénticos a los que se hallan en la "Teología New Haven" de Taylor, también denominadas la "Nueva Teología".12 "La voz era de Finney" —expresa Murray—, pero "el pensamiento era de Taylor".13 O, como lo expone Nathan Hatch: "Las abstracciones de la teología New Haven de pronto habían cobrado vida en el burdo y animado fanatismo de las Nuevas Medidas [de Finney]". A la larga, la teología New Haven, popularizada por Finney, produjo división. En 1838, los presbiterianos se dividieron en la Antigua Escuela y en la Nueva Escuela. La primera representaba la tradición teológica que descendía de la Reforma hasta los Puritanos. La última expresaba la nueva teología de Taylor y Finney.

FORTALEZAS DE FINNEY

Los muchos puntos fuertes de Finney explican la manera poderosa en que Dios lo usaba. Una de sus fortalezas era su vida de oración. Era un hombre que oraba intensamente y por largas horas, una disciplina que necesitan los pastores. Finney pensaba que podía producir avivamiento mediante ciertos métodos, pero su vida de oración fue el mayor factor contribuyente. A menudo pasaba horas en oración, tanto antes como después de sus reuniones de avivamiento. Su segunda fortaleza era la gran unción del poder del Espíritu Santo que descansaba sobre él. Cuando predicaba, los oyentes solían quedar en completo silencio. Luego llegaban a un profundo, prolongado, y penetrante sentido de pecado, lo cual resultaba en una gran conversión a Cristo, algo que por medios humanos era imposible explicar. La tercera fortaleza de Finney era su ética laboral. Cuando conducía una campaña trabajaba dieciséis horas al día, siete días a la semana. Después de tan intenso esfuerzo, cada verano pasaba varias semanas en Nueva York, en la granja de sus suegros, para recuperar las fuerzas. En cuarto lugar, el celo evangelístico de Finney no tiene precedentes. Amaba a la gente y se entregó desmesuradamente para que fueran salvos.

DEBILIDADES

Finney también tuvo debilidades que limitaron un prolongado servicio a la Iglesia, y en ciertos casos provocaron mucho daño entre los de poco criterio. La primera fue su mentalidad de "llanero solitario": solamente yo y mi Biblia. Para Finney, la teología y la historia de la Iglesia eran territorio que no le interesaba mucho. Debido a esto, muchas veces era imposible enseñarle algo y no se dejaba corregir. (Hemos notado su indisposición de escuchar a sus mayores en la Conferencia de New Lebanon el verano de 1827.)

Por ejemplo, Finney escribió: "Hay mucha ignorancia en las iglesias respecto al tema de los avivamientos... Muy pocos tienen buen conocimiento del tema".14 Pero, desde 1790, se han suscitado grandes avivamientos en Norteamérica e Inglaterra. Probablemente el mayor avivamiento en la historia, el Gran Despertamiento, tuvo lugar bajo Whitefield, Edwards, y Wesley en los años 1740. Ignorando estos recientes sucesos, Finney supuso que él era el primero en comprender de veras el avivamiento.

    "Finney comenzó su propia búsqueda religiosa — anota Nathan Hatch — , al negar la fuerza de la herencia de autoridad religiosa. Confiaba en su propio iluminado razonamiento, aunque no contaba con instrucción teológica".15 Esta postura lo excluyó de la histórica confesión cristiana en muchos de los importantes aspectos doctrinales. Ya hemos mencionado algunos de éstos. Su segunda debilidad, que tiene mucho que ver con la primera, era la elevación de la razón por encima de la revelación. Finney exigía que muchos misterios bíblicos fueran traducidos a fórmulas racionales humanas. Finney luchaba por "ajustar las verdades del cristianismo a un tan armonioso sistema de pensamiento que no se violara los dictámenes de la razón — observa Murray — . Esto, como muchas veces dijo, era (después de la conversión de almas) la gran meta de su vida".16 Finney no podía aceptar misterios, como la congruencia de la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre.

LECCIONES

Podemos aprender muchas lecciones de la vida de Finney. Primero, Dios se complace en usar vasos imperfectos. Dios perfeccionó su poder mediante las debilidades de Finney (2 Corintios 13:4). Esto debiera alentar a cada pastor. A pesar de las imperfecciones de Finney, Dios se complació en hacerlo su instrumento. A pesar de nuestras imperfecciones, Él se valdrá también de nosotros.

Segundo, necesitamos discernimiento. El poder sobrenatural de Dios no significa que aprueba todo lo que el hombre cree o hace. Dios ungió a Sansón aunque durmió con prostitutas filisteas. Dios ungió y amó a Charles Finney aunque rechazó la verdad del pecado original y de la Expiación sustitutiva. Pero también es cierto lo opuesto. Los fracasos de un hombre no impiden que Dios obre por medio de él. Balaam era idólatra, pero Dios habló proféticamente por medio de él. Aprendemos de Finney a no rechazar el poder de Dios manifestado en un hombre sólo porque su vida o su doctrina sean imperfectas.

Tercero, nuestras suposiciones teológicas determinarán nuestra práctica. La teología New Haven de Finney determinó sus métodos evangelísticos. Él enfatizó demasiado el lugar de las decisiones humanas porque rechazó la verdad del pecado original. Su alta estima del hombre gobernó sus prácticas evangelísticas. De la misma manera, nuestras suposiciones teológicas determinan nuestras prácticas.

Cuarto, sea humilde. No sea un "llanero solitario". Lea la historia de la Iglesia y aprenda de ella. Estudie la teología de grandes pensadores del cristianismo, como Agustín, Calvino, Lutero, y Edwards. No se decepcionará, porque...Dios escribe la Historia.

Por: William P. Farley

William P. Farley es pastor de Grace Christian Fellowship en Spokane, Washington. Es autor deFor His Glory [Para su gloria], Pinnacle Press, y Outrageous Mercy [Escandalosa misericordia], Baker. Puede contactarlo llamando al 509-448-3979


1. c.g. Finney, The Autobiography of Charles Finney [La autobiografía de Charles Finney] (Minneapolis: Bethany, 1876. Reprint 1977), 21,22.
2. Mark A. Noll, A History of Christianity in the United States and Canada [Historia del cristianismo en Estados Unidos y Canadá] (Grand Rapids: Eerdmans, 1992), 176.
3. Finney, 47.
4. Para mayor información acerca de sus predecesores, vea William P. Farley, "Asahel Nettleton -- The Forgotten Evangelist" [Asahel Nettleton, el evangelista olvidado], Enrichment (otoño 2005). .
5. Vea William P. Farley, "Asahel Nettleton -- The Forgotten Evangelist", Enrichment (otoño 2005). .
6. Iain Murray, Revival and Revivalism [Avivamiento y evangelismo] (Edinburgh: Banner of Truth, 1994), 243. Énfasis mio
7. Charles E. Hambrick-Stowe, Charles Finney and the Spirit of American Evangelism [Charles Finney y el espíritu del evangelismo norteamericano] (Grand Rapids: Eerdmans, 1996), 110.
8. Ibid., 113.
9. Nathan Hatch, The Democratization of American Christianity [La democratización del cristianismo norteamericano] (New Haven: Yale, 1989), 197.
10. Murray, 227.
11. Murray, 245,246.
12. Vea William P. Farley, "Asahel Nettleton -- The Forgotten Evangelist", Enrichment (otoño 2005) .
13. Murray, 262,263.
14. Murray, 248.
15. Hatch, 199.
16. Murray, 256. Esta es una cita de las memorias de Finney.