domingo, 29 de noviembre de 2015

Muestra IV, en revisión: ¿Para qué público está dirigido este libro?


El siguiente, es una muestra en revisión de la introducción del libro, específicamente
 una aclaración necesaria  tocante al público que se quiere alcanzar  sugerido por algunos tutores de lectura.
“Decisionismo o evangelismo bíblico”, por J.A. Torres Q, páginas 7ss.
ISBN: 978-956-351-515-2 año  2015.

Esta pregunta fue una de las interrogantes de algunos de nuestros tutores de lectura que  leyeron algunas porciones  del manuscrito quienes  nos dijeron que quizás el libro no sería indicado para el lector común, más bien —para algunos—  es un texto para un público más especializado, no obstante y, aunque en parte esto puede ser cierto, nuestra idea desde que  se escribieron las primeras líneas del manuscrito original, fue proveer un texto para todo aquel que desee conocer este tema de manera seria y más profunda, pero no por ello azarosa. Ahora, déjenos responder a esta misma pregunta de manera más precisa. Una primera respuesta a la pregunta del encabezado es, el libro está dirigido para todos, pero no para cualquiera. Esto es, nuestra intención no es menoscabar a la hna. “Rosa”, tampoco al hermano “Pedro” que se sienta en la última banca del templo y que quizás no escucha muy bien, sin duda para ellos sería una lectura difícil, diríamos también, irrelevante, no obstante, para el pastor de ambos —y bajo nuestra mirada del ministerio— es otro libro sugerente en la lista de una de sus responsabilidades, leer. Sin duda el texto no está dirigido a la masa que viene a la librería a comprar “las cinco claves del amor”, o, “el último método exitoso de evangelismo”; y esto, no porque hemos querido ser elitistas, sino porque la materia que nos convoca, lo requiere. Sin duda hay algunos libros que hablan del evangelismo y del evangelio, y muy buenos, pero en especial, libros que hablen de la teología del evangelio, muy pocos. Lamentablemente las editoriales al presente, no están —todas—  interesadas en subir el estándar racional de la fe de los cristianos, en consecuencia, sabemos que llevamos una desventaja en esto, porque nuestra motivación,  es justamente hacer que las personas piensen y razonen los aspectos de fondo del evangelismo, pues el estadio práctico de  ello, es siempre consecuencia (inconsciente y/o consciente) de una línea teológica particular, en otras palabras, lo que define el “método” evangelístico, será siempre, nuestra comprensión y postura teológica del evangelio.

Quizás para algunos podría ser una utopía literaria esperar que todos entendieran un libro texto de estas características (histórico-exegético) no obstante, creemos firmemente que esta nueva generación, o, el remanente de esta nueva generación, es la esperanza de la iglesia, porque es el remanente bereano (Hec. 17:11s). En efecto, cuando Erasmo de Rotterdam (1466-1536) compiló el texto griego del NT, su deseo fue que: “todas las doncellas leyeran el evangelio, leyeran las epístolas paulinas. Que el Nuevo Testamento estuviera traducido a la lengua de todos los pueblos, para que no solamente pudiera ser leído y comprendido por los escoceses e irlandeses sino también por los turcos y sarracenos de modo que el campesino que empuña su arado cantara para sus adentros algo de su contenido, que el tejedor lo tarareara al ritmo de su lanzadera y que el caminante sintiera que el camino se hace más cortos con sus relatos.” (Erasmo en Berrocal 2007:13). La perspectiva de Williams Tyndale (1494-1536) no fue diferente, su pasión —como traductor—  fue poner la Biblia en el idioma del hombre común. Fue así que en 1522 y frente a las palabras de un sacerdote católico romano quien dijo que era mejor estar sin la ley de Dios que sin la del Papa, Tyndale respondió: “Si Dios me da vida unos cuantos años… haré que un muchacho que empuja el arado sepa más de las Escrituras… que tú...” (Tyndale en Mangalwadi 2011:161). Esta fue la idea que la reforma trajo consigo, que todos pudieran leer la “Palabra” de Dios en su idioma natal, pero, la intención no era solamente que las personas en una época donde reinaba el oscurantismo pudieran leer, y el NT, no, la idea de los reformadores tenía que ver con la comprensión de las Escrituras y que la sociedad de aquellos días volviera a las fuentes, las Escrituras. Es evidente que al presente no todas las doncellas dedican sus días a comprender las Escrituras, como tampoco los campesinos se afanan por descubrir las grandes doctrinas de la fe, no obstante, sí que hemos observamos hoy la existencia de doncellas y campesinos que sabrían explicar de mejor manera la doctrina de la elección que muchos líderes y pastores, por supuesto, doncellas, muchachos y campesinos del remanente de siempre. A pesar que aún tenemos en el medio evangelical pasión sin reflexión, esto es, evangelismo y misión con una mínima cuota de doctrina, nadie puede negar que, en estos últimos años, estamos experimentando un avivamiento en Latinoamérica de las doctrinas de la gracia y las implicancias que ellas traen a la vida de la iglesia. Sin duda hay quienes también no han salido de su madriguera teológica —en algunos casos, tradición—  y esto les puede parecer nuevo, extraño, y en los casos más cacareados, peligroso; no obstante, y de manera personal hemos constatado que muchos jóvenes, aun, adolescente —los pocos— están hoy hablando de la predestinación y/o elección, cuestión que hace 20 años atrás, rara vez ocurría. En consecuencia, ignorar estos hechos  y en especial, la influencia a la que la iglesia ha estado expuesta a través de las redes sociales por predicadores saludables que han estado hablando de las implicancias de una soteriología reformada  como  Paul Washer, John Piper, John MacArthur y en este último tiempo, pastores como Miguel Núñez y Sugel Michelén, y sin duda también, ministerios como 9MARKS, sería comportarnos como la avestruz que esconde la cabeza frente al escenario evangelical  actual. En consecuencia, si en algo puede y quiere aportar este libro, es justamente dando criterios argumentativos, que van desde la historia y la exégesis de manera llanamente comprensible para que cualquier lector interesado en el tema, pueda fundamentar sus convicciones, teniendo claro el marco teológico histórico del debate, y por sobre todo, la exégesis del NT tocante a las doctrinas implicadas en el abanico bíblico teológico que incluye la doctrina de la salvación. No nos interesa y sería un fracaso que el lector dijera, “…no, porque el señor Torres dice…”; por el contrario, nuestra tarea, responsabilidad y motivación aquí, es ser sólo una guía y un puente entre el lector y la verdad de los hechos relatados en la historia, y definidos prescriptivamente por los autores de la Escritura. Ahora, ¿cómo es que el lector interesado, puede llegar a la médula de las instrucciones y enseñanzas novotestamentarias? No hay otra manera, a través de la exégesis que en nuestro caso presentamos en la segunda sección general de este libro, por lo que el lector debe entender las abreviaturas técnicas señaladas en las siguientes páginas (por ejemplo: pre.act.ind.) La idea esencial de estas, no es oscurecer el significado de los términos, más bien tiene el propósito  de que el lector entienda la intención doctrinal de los autores del NT, entendiendo la semiótica de los mismos, esto es, no sólo  entender qué dijo el autor bíblico, o, por qué y a quién  lo dijo, sino, “cómo dijo, lo que dijo”, en efecto, el análisis y la  exégesis que se presenta  en este libro, no son de índole morfológicos, esto es, no tienen el propósito de que el lector sepa cuál es la constitución morfológica de un “presente activo indicativo” (pre.act.ind.), o, sepa discernir la grafía de un verbo activo imperativo, no,  no es la idea, y si fuese así, sería claramente un libro poco práctico e irrelevante, no obstante, todo creyente que es estudiante de la Escritura  —a  quien va dirigido— debe, y le es necesario entender el significado de las cláusulas, palabras y  verbos usados por los autores de las Escrituras, tal cual ellos quisieron que se entendiera, de allí la razón de citar el griego del NT, con ayudas de transliteración (εὐαγγέλιον→ [euangélion]→ evangelio) para aquellos que no saben leer el griego del NT, por lo que en la mayoría de los casos y análisis exegéticos presentados aquí, el lector deberá recordar aspectos gramaticales básicos como por ejemplo,  el triunvirato que lleva el significado de los verbos, cuestión que aprendemos en la educación básica (educación primaria), a saber el tiempo, el modo, y la voz del verbo, con la diferencia de que el énfasis del griego del NT (koiné), no está principalmente en lo cronológico, sino en el aspecto de las acciones, entre otros aspectos a considerar, como es el infaltable elemento básico de interpretación, el contexto; en consecuencia, negar la importancia del texto griego en algunos pasajes que lo requieren, es exactamente ignorar  la intención que los apóstoles dieron a las palabras, y por cierto, ninguna palabra de la Escritura fue escrita al azar, notemos por ejemplo que, cuando los escritores del Nuevo Testamento quisieron referirse a lo que nosotros entendemos por “hijo”, distinguieron a lo menos, cuatro vocablos distintos con diferentes implicancias significantes. βρέφος (Bréfos) (cf. Lc. 1:41, 44; 2:12, 16), παιδίον (paidíon) (cf. Jn. 16:21; Mt. 2:8; Heb. 11:23), υἱὸς (juìos) (Mt. 1:20; 3:17; Jn. 1:18; 19:9) y τέκνον (téknon) (Jn. 1:12; Lc. 3:8; Rom. 8:16,17; Efe. 2:3); así, por ejemplo, cuando los autores bíblicos quisieron enfatizar la relación de descendencia y con ello de legitimidad (Mt. 5:9), escribieron: “Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron, diciendo: ¿Es éste vuestro hijo→ (juìos), el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?” (Jn. 9:18-19). Diferente, y, aún más significativo es el caso del término téknon, el cual —entre otros aspectos—  vislumbra el poder fecundante, y de allí, el haber sido engendrado (regeneración). Juan 1:12 es un ejemplo de ello: “...les dio potestad de ser hijos→ (téknon) de Dios.” Un buen ejemplo de la dinámica de estos últimos, es el siguiente pasaje.  “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos→ (juìos) de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos→ (téknon) de Dios. Y si hijos→ (téknon) también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados… Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos→ (juìos) de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos→ (téknon) de Dios.” (Rom. 8:14-21) RV60. Por todo esto, no nos extraña que Martín Lutero (1483-1546) haya escrito: “Si los idiomas no me hubieran convencido respecto al verdadero significado de la palabra, probablemente aun sería un monje encadenado, comprometido en predicar silenciosamente en la oscuridad de un claustro los errores romanistas; el Papa, los sofistas, y su imperio anticristiano habrían permanecido inquebrantable.” (Lutero en Decker 2007), en consecuencia, ¿qué señala la voz pasiva en el verbo “nacer” en Juan 3:3,5? ¿Qué señala el presente activo indicativo en 1 Juan 3:9 cuando Juan dice que los nacidos de nuevo, no practican el pecado?  ¿Cuál es la connotación de que el verbo τάσσω (tásso) “ordenados” sea un perfecto pasivo participio plural en Hechos 13:48 cuando Lucas dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna?  Considerar todo esto —más el contexto por supuesto— como uno de los aspectos a ponderar cuando tratamos de definir y descubrir el significado del texto o porción particular de la Escritura, es ciertamente clarificador, iluminante, y en algunos casos también, determinante; por ello, y en especial, para quienes dedican su tiempo al ministerio, es además algo ineludible, y esto, por cierto, no es monopolio de la clase especializada.


 Ahora bien, la mayoría de los libros de lectura temática que tratan la doctrina de la salvación desde el punto de vista soteriológico reformado (reforma), a veces presentan  los resultados a través de frases dogmáticas correctas, pero no siempre  explican la ruta exegética de ellas,  por ejemplo, una declaración de este tipo sería: “la fe verdadera, es el resultado de la regeneración”, o, “Dios nos salva por gracia” dando a entender erradamente que el lector siempre entenderá correctamente lo que implica la gracia. Al leer la mayoría de los versículos que hablan de la fe —por cierto— de manera descriptiva (narrativa), es  evidente que la fe es una acción humana que Dios demanda al hombre (Jn. 3:16,18,36)  lo cual ha dado pie para decir que Dios nos salva, pero nosotros debemos tener fe, lo cual no es del todo incorrecto, no obstante, ¿cuál es el fundamento argumentativo que debería manifestar un cristiano bereano en sentido prescriptivo (doctrinal) para decir aclarando que la fe verdadera —no natural— es finalmente un don de Dios? Esta es la filosofía de este libro, dar a los lectores criterios y argumentos exegéticos-escriturales. En consecuencia, sin duda es correcto decir que “la fe es un don de Dios, pues Efesios 2:8 así lo enseña”, pero exponer comentando 1 Juan 5:1 que, “La combinación del tiempo presente (“cree”) y el perfecto (engendrado) […] muestra claramente que la creencia es la consecuencia, no la causa del nuevo nacimiento.” (Stott en Beyer 1998:279) es evidentemente diferente, diríamos, absolutamente diferente.  Enseñar a qué pensar, ha sido uno de los males de la educación teológica tradicional que ha llevado a muchos a refugiarse en sus autores preferidos, y de allí, a basar sus mejores argumentos en la trinchera del ad verecundiam, esto es, esto creo yo, porque así lo escribió Moody, o, yo creo esto porque así lo enseñó Larry Sperry Chafer, o aun también, porque lo predicó John MacArthur. Sin duda estamos en deuda con los siervos de Dios citados, pero enseñar a pensar la Escritura con pensamiento propio, es una necesidad para todo creyente que realmente entiende la relevancia de saber dónde está parado con su fe y hacia dónde se dirige (2 Tes. 2:2); aún más, es una cuestión de identidad cristiana (1 Jn. 3:19-20; 5:20). Pablo escribió: “Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto.” (Rom. 12:2) LBLA. Sin duda no todos podrán adquirir el ejercicio y racionalidad señalada como un estilo de vida cristiana que se exige a los pastores en la Escritura (1 Tim. 3:2,6;4:6,16; 5:17;2 Tim. 1:13; 2:2, 15;3:14-15; 4:1-2; Tit. 1:9) pero creemos con convicción que cualquier creyente salvado por Dios que ha sido dotado de una mente espiritual, no sólo podrá vivir su fe de manera racional  como  Pablo lo indica, sino que también  será de edificación para que otros entiendan su fe,  tal cual los bereanos lo hacían, quienes abrazaron la Palabra con solicitud, investigando cada día las Escrituras, para comprobar si estas cosas eran realmente así (Hec. 17:11). Nuestro consejo entonces, no lea este libro con la televisión encendida, o con tus audífonos puestos, no, aparta un tiempo para leerlo —si es necesario—   extracto por extracto, sección por sección y capítulo por capítulo, de manera que puedas masticar el contenido, el cual fue elaborado pensando no sólo en el “clero” evangélico, sino también en usted  y también en ti. 

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